Una conducta complejalectura de 3 minutos

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Durante el tiempo que te toma leer esta frase, alguien – en algún lugar del planeta Tierra – está preparándose para quitarse la vida.

Ahora, lo hizo.

Suena casi casual al decirlo de esta forma, sobre todo si lo vemos desde el punto de vista de la estadística, pero la verdad es que se estima que un par de personas se suicidan en el mundo con cada minuto que pasa, alcanzando un total de al menos un millón de muertes al año. Las causas son tan variadas como lo somos los seres humanos, y aunque podamos identificar los factores de riesgo generales, la mayoría de estas muertes les resultan siempre sorpresivas a los amigos y familiares de los fallecidos, comúnmente ajenos al sufrimiento de sus pares. Las conductas que delatan el riesgo de suicidio no son sencillas de identificar en el día a día, sobre todo en el caso de personas cerradas al contacto con otros, y tampoco se pueden diagnosticar profesionalmente a menos que la persona acuda voluntariamente a algún tratamiento psicológico.

Dada esta dificultad, investigadores en la Universidad de Indiana se encuentran trabajando en la posibilidad de identificar marcadores moleculares en la sangre que sean capaces de indicar cuando una persona se encuentra en riesgo de cometer suicidio – esto según reporta la revista “Psiquiatría Molecular”. A primera vista, suena bastante complicado. ¿Una prueba de sangre que pueda decir si la persona está por suicidarse? Nuestro escepticismo inicial se ve limitado al recordar que el cerebro humano – a pesar de ser la estructura más compleja de la que se tenga conocimiento – es un órgano más, dependiente de la química interna de nuestro cuerpo para la ejecución de sus procesos. Todo lo que somos; nuestros recuerdos, pensamientos, emociones, anhelos y miedos, son asociables a esa actividad neuronal, así como al resto de los procesos de nuestro cuerpo (una realidad que a veces se encuentra de tope con la idea del “alma” externa al organismo). Siguiendo estos principios, los investigadores identificaron a 9 hombres que pasaron de no tener pensamientos suicidas a una alta puntuación en la escala psicológica de riesgo, en un periodo de tiempo controlado (eran personas que sufrían de trastorno bipolar), y compararon sus historiales de análisis sanguíneo durante todo el proceso, identificando cambios que pudieran equipararse a marcadores biológicos. Cada uno fue posteriormente comparado con 41 genes previamente relacionados a enfermedades mentales en otros pacientes.

Luego, las muestras se compararon con personas que efectivamente se habían suicidado, reduciendo el número de marcadores sospechosos a apenas 13. Estudios estadísticos posteriores finalizaron con 6 elementos identificables en la sangre altamente relacionados con el riesgo de suicidio, al punto de poder predecir las hospitalizaciones relacionadas con un 65% de seguridad, incluso luego del paso de un tiempo prudencial. A pesar del éxito, lo pequeño de la muestra indica que se tiene que validar con grupos mucho más grandes para que pueda usarse clínicamente.

El suicidio es una conducta mucho más compleja que tan solo identificar enfermedades mentales – una que estudié personalmente bastante para el desarrollo de la psicología de personajes de ficción – y cualquier paso que podamos dar para ayudar a las personas a ver que esta vida (la única que parecemos tener) vale la pena, en uno en la dirección correcta.

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