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Newton lo dedujo muy acertadamente en su momento: la gravedad afecta a los cuerpos con base a dos variables – la masa de los objetos involucrados y la distancia que los separa. Mientras más cerca estén, con más fuerza se atraerán unos a otros. A partir de este postulado tan simple, podemos comprender la mayor parte de las interacciones entre los grandes astros que flotan en el universo – esas danzas exquisitas de los planetas y sus lunas alrededor del Sol – con la notable excepción histórica de la órbita de Mercurio.

Fue todo un escándalo que el pequeño planeta más cercano a nuestra estrella fuera el único en el cosmos que se atreviera a violar las “leyes” gravitatorias de Newton, cuando el astrónomo Urbain Le Verrier hizo la observación de que su órbita se desplazaba en el espacio en desacuerdo con lo predicho por la física de la época (mediados del siglo 19). El misterio continuaría quebrando cabezas hasta la llegada de la Teoría General de la Relatividad de Einstein: en realidad, Mercurio no le faltaba el respeto a nadie; solo intentaba seguir una línea recta por un espacio-tiempo profundamente curvado por la presencia del Sol (una trayectoria “geodésica”). Una vez puesto este nuevo marco de referencia matemático sobre la mesa, se descubrió que la gravedad se comportaba nuevamente de una forma preciosamente predecible, para satisfacción de todos -pero esto no duró mucho.

Una de las consecuencias más evidentes de entender el funcionamiento de la gravedad viene dada al notar que Mercurio da una vuelta alrededor del Sol en tan solo 88 días terrestres. La Tierra, en comparación, tarda un poco más de 365 días en hacer lo mismo. Plutón – uno de los planetoides más lejanos que habitan el sistema solar – tarda por su parte casi 250 años en hacer su recorrido (lo cual indica que aún no ha pasado ni un año en Plutón desde que lo descubrimos en 1930). La conclusión es que mientras más lejos estén los objetos del centro de gravedad del sistema, más lento deben moverse para mantenerse establemente dentro del campo gravitatorio. Si Plutón se moviera a la velocidad de Mercurio, escaparía de la atracción del Sol y sería expulsado del sistema solar para siempre.

Uno pensaría que el mismo principio debía aplicar a las galaxias: las estrellas más cercanas al centro del disco debían moverse muy rápido, mientras que las que estaban en el borde por seguro se movían lentamente -excepto que no es así en la realidad. Todas las estrellas de la galaxia se mueven a una velocidad muy similar, y sin embargo las más lejanas no salen disparadas: algo invisible las mantiene en su sitio -una materia “oscura”.

Suena misterioso a primera vista – y ciertamente aún no sabemos de qué se trata – pero el concepto no es tan esotérico como parece. Para que las cosas se “vean”, tienen que emitir radiación electromagnética (luz/calor), o al menos reflejarla. Entendiendo que este fenómeno viene dado por la interacción de partículas elementales, no es difícil imaginar que pudiese haber cúmulos de material suficientemente pesado como para atraer gravitacionalmente a las estrellas (y evitar que salgan disparadas), pero que no interactúen con los fotones que nos permitirían verlos. A algunas de estas posibles partículas se les conoce como “WIMP” (Partículas Masivas -pero- Débilmente Interactivas), y hay varios experimentos alrededor del mundo tratando de ubicar una – enfrentando obvias dificultades.

Noticias recientes de LUX (posiblemente el detector más sensible del mundo), informando que luego de 100 días aún no ha encontrado nada, nos indican que estos WIMPS deben ser aún más débiles de lo que se pensaba, y permite enfocar la búsqueda hacia objetivos más prometedores (descartando cierto rango de probabilidad). LUX es confiable -se trata de un tanque enorme de Xenón enterrado a un kilómetro y medio de profundidad, donde solo las partículas más aventureras se atreverían a llegar desde el vació del espacio; una red súper sofisticada para atrapar mariposas invisibles.

Afortunadamente, muchas veces no encontrar nada es también una victoria, pues nos lleva a refinar nuestras hipótesis y a pensar en maneras aún más innovadoras sobre lo que realmente nos oculta el infinito.

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