Crece nuestro árbol genealógicolectura de 3 minutos

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Según me cuentan mis familiares algo mayores, soy muy parecido a mi abuelo materno. No es extraño escuchar durante las reuniones en días feriados, cuando los recuerdos apremian y la nostalgia se acomoda, que comenten entre risas agridulces sobre lo similares que les resultan las facciones de mi rostro; lo parecido que era su cabello al que ahora intento inútilmente peinar; y la manera exacta en la que imito – sin haberlo visto nunca – su porte al caminar.

Poco me revelan las fotos de la época sobre este supuesto doble que me precedió por un par de generaciones, pues la calidad de imagen disponible en ese entonces distaba mucho de ser la suficiente como para una comparación adecuada. Su verdadero aspecto – ajeno a los recuerdos de sus hijos y amigos – se ha perdido en el tiempo; solo trascendiendo físicamente en mi persona, y en el ADN de todos sus descendientes. Algo que perdurará hacia el futuro distante mucho más que su recuerdo.

Experiencias como están otorgan un gran valor al ejercicio de imaginar las vidas – o al menos esa fotografía que tanto nos elude – de nuestros antecesores. La revelación ineludible es que no es demasiado largo el viaje que deberemos hacer hacia el pasado para encontrarnos con ancestros que ya no hablen nuestro mismo idioma. En tan solo unas 5 o 10 generaciones, habremos hallado parientes para los cuales la esclavitud era un esquema social más que aceptable, y el mal de ojo y la brujería representaban peligros reales contra los cuales había que protegerse diariamente.

Aun así, el viaje solo se hace más fascinante mientras más retornamos. 250 mil generaciones hacia atrás encontraremos a nuestro peludo ancestro común con los chimpancés – hace unos 6 millones de años. Aproximadamente 2 millones de generaciones más y apenas reconoceríamos a nuestro antepasado. Se trataba de una criatura no mucho más grande que un ratón, luchando fieramente por la sobrevivencia en las junglas del periodo Eoceno, cazando insectos ricos en calorías.

Esto es más que mera especulación. En Junio del 2013 se publicó en Nature el descubrimiento del fósil más antiguo encontrado hasta la fecha en la familia de los primates – representado artísticamente en la imagen – de la cual descendemos los simios. Imaginen por un momento lo bizarro que sería encontrarnos a una de estas criaturas; no más que un animal a nuestros ojos, pero en realidad un ancestro directo de todos los humanos que vivimos en la actualidad. Un hallazgo realmente trascendental que nos abre una nueva ventana al pasado remoto de nuestra especie. Una lección hermosa de humildad y perseverancia, para todo el que quiera oírla.

De repente, esas viejas fotos de mi abuelo ya no lucen tan antiguas, ni su vida tan lejana a mis preocupaciones actuales. Puede que efectivamente me parezca mucho a él, pero mis pulgares, visión binocular y cerebro analítico son herencias mucho más distantes – son la clave del éxito del simio desnudo.

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