De átomos y pasteleslectura de 3 minutos

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En pleno conocimiento del sesgo que seguramente influye en mi opinión, afirmo aquí – sin temor a equivocarme – que los pasteles preparados por mi madre son los mejores del mundo. Aunque las circunstancias actuales ya no me permiten disfrutarlos, aún recuerdo con cariño la época en la que mis visitas a la casa de mi infancia concluían con un maravilloso regalo de chocolate – uno que yo racionaría por tanto tiempo como fuese humanamente posible, en mi habitación universitaria.

“Cómetelo, que se daña” – decía mi madre.

De inicio, lo comía generosamente (hasta compartía… de vez en cuando), bajo la perniciosa ilusión de que la bonanza duraría para siempre; solo para entrar inevitablemente en pánico cuando notaba que no quedaba más que una última porción en las reservas. Era allí que activaba mi plan de austeridad, cortando rebanadas cada vez más delgadas para estirar el sabor hasta la lejana fecha de la próxima visita. Nadie apreciaba las nano-porciones, pero entendían a regañadientes la necesidad del sacrificio.

Ante la frecuencia del ejercicio, me preguntaba – como por momentos aún lo hago – si acaso sería una situación similar la que llevaría hace milenios a Demócrito, en la Grecia de 450 AC, a postular la que podría ser la noción más adelantada a su época de toda nuestra historia: si cortáramos un objeto por la mitad, y luego una de las dos partes también por la mitad, y así sucesivamente, ¿cuántas veces podríamos hacerlo hasta encontrar un fragmento que ya no pudiésemos cortar – digamos, un pedazo absolutamente indivisible? A esta pequeñísima fracción de materia – entonces hipotética – Demócrito la llamó “átomo”: que no puede ser cortado.

Casi 2500 años después, vivimos bajo el conocimiento de que este antiguo filósofo tenía algo de razón: los átomos son la mínima expresión de la materia, tal y como nos es reconocible, pero no es un bloque unitario – ni es indivisible. El componente básico de todo lo que ocupa espacio está compuesto por un núcleo – formado por protones y neutrones – rodeado por partículas muchísimo más pequeñas que giran vertiginosamente a su alrededor, atadas por la atracción electromagnética: los electrones – con mucho espacio vacío en el medio. Si el núcleo fuese del tamaño de un grano de arena, los electrones orbitarían a unos 100 metros de distancia, y serían tan pequeños como un…

En realidad, eso no lo sabemos.

Los electrones, a diferencia del átomo, verdaderamente parecen ser elementales, producidos a partir de las alteraciones en los campos cuánticos que permean el universo. Son tan pequeños que no tenemos idea de cómo “lucen” (si es que podemos usar ese término), ni de cuánto pesan exactamente.

El mejor estimado de la masa del electrón es de unos 0,0000000000000000000000000000009 kilogramos – o 9x10e-31, y es con base en este número tan fundamental que se realizan predicciones y experimentos a nivel cuántico, aceptando el inevitable margen de error.

Afortunadamente, la ciencia nunca se duerme en sus laureles, y en el Instituto Max Planck publicaron recientemente una medición y cálculo sin precedente de la masa del electrón: más de 13 veces más preciso que el anterior. Esto permitirá hacer pruebas aún más detalladas de las predicciones del Modelo Estándar de Partículas – sometiendo a más retos a esa teoría que hasta ahora los ha superado todos.

Lo hicieron realmente bien, los científicos involucrados en el estudio, y me siento muy tentado a enviarles uno de esos excelentes pasteles de mi madre; a ver qué tanto logran rendirlo (sin convertirlo en una dulce bomba nuclear por cortarlo demasiado).

Sin embargo, de tener uno, no cometería el error de compartirlo.

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