Viajes cósmicoslectura de 3 minutos

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Resulta claro para todos los que tuvimos el placer de ver ayer el estreno de la nueva versión de Cosmos – presentada por el famoso Neil deGrasse Tyson – que si existe alguna palabra que describa al universo, se trata de “inmensidad”.

Justo de eso se trató todo el primer episodio; de mostrar (magistralmente, a mi parecer) la impensable escala del espacio en el que flota nuestra Tierra, frágil y minúscula, mediante un viaje espectacular hasta los límites del universo observable, y más allá. A bordo de la Nave de la Imaginación, Neil se convierte en un guía turístico intergaláctico, mientras nos pasea por los rincones del sistema solar, la Vía Láctea que se extiende más allá, el grupo local de galaxias al que pertenecemos, y el supercúmulo de Virgo, hasta llegar a las mega estructuras que recorren como una tela de araña la burbuja del cosmos.

Del lado del tiempo, se nos presenta el calendario cósmico: una representación a escala de la historia del universo, desde el Big Bang hasta el momento en el que te sentaste a ver el documental. Uno tras otro son colocados en sus fechas correspondientes los eventos que han dado forma a la naturaleza que conocemos: el inicio de nuestra línea de tiempo, la formación de la Vía Láctea, el nacimiento del Sol, el impacto que generó a nuestra luna y el que acabó con los dinosaurios.

Luego viene una lección impactante de humildad: toda la historia escrita de los seres humanos – esa especie que tanto gusta de creerse el centro de todas las cosas – desde las primeras tablas de piedras hasta este post en internet, puede resumirse a tan solo los últimos segundos del año cósmico. No hay ser humano, vivo o muerto, cuya historia no sea parte de ese pie de página en el cierre del libro actual del universo. La revelación es suficiente para agitarnos en lo más profundo de nuestro ser: somos náufragos a la deriva en el océano de la eternidad.

Aún así, hay un tercer hilo de inmensidad recorriendo el episodio – uno mucho más sutil que la vastedad del espacio y el tiempo. Se trata de la imaginación humana, representada por esa nave hermosa que transporta a Neil – y a su público – a cualquier destino en el que podamos pensar. Los comentarios entre fans emocionados no se han hecho esperar con respecto a ella: “¡quién tuviera una de esas naves para recorrer el infinito!”.

Pero lo cierto es que cada uno de nosotros está ya plenamente equipado para estos viajes cósmicos, siempre que seamos capaces de combinar nuestra imaginación – libre y aventurera – con el conocimiento que hemos heredado de las mentes prodigiosas de la historia. En ese sentido, la inmensidad del cosmos habita también en cada mente humana, y me parece que quizás esa es la mayor lección que podemos obtener de esta fabulosa primera hora del programa.

Qué bonito que tengamos esta nueva oportunidad para explorarla.

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