La vida de las estrellas

Todo aquel medianamente entendido sobre astronomía (o espectador asiduo de Discovery Channel / similares) ha oído de los agujeros negros, y su relación con estrellas que explotaron al final de sus vidas, creando un “hueco” en el espacio mismo. En realidad el proceso es, como suele serlo, un tanto más complicado de lo que una explicación simplista es capaz de describir; pero está lejos de ser incomprensible.

Lo primero a entender es que no hay una diferencia fundamental entre una estrella, un planeta, una luna o un asteroide, más allá de la cantidad de masa que contiene cada uno. La gravedad junta toda la materia que – por simple caos – se encuentra lo suficientemente cerca para atraerse la una a la otra. Eventualmente obtienes objetos del tamaño de asteroides; si continuas añadiendo mucha más masa, formas un planeta. Sigue añadiendo material y ese planeta se hará más y más grande, haciendo que la masa que está en su centro sea sometida a una presión mayor, calentándose en extremo. Llega un punto (alrededor de 80 masas de Júpiter) en el que la presión es tan grande en el núcleo que el electromagnetismo ya no es lo suficientemente fuerte para mantener los átomos separados. Estos comienzan a chocar y fusionarse en átomos más pesados, lo cual genera luz y calor. Mientras más material se haya acumulado, más presión en el núcleo, más fusión nuclear, más caliente y brillante será el objeto.

Si el objeto no es tan masivo, no brilla demasiado, y se conoce como “Enana Marrón”. Son como Júpiters muy calientes. Estos no hacen mucho más que enfriarse cuando se agota el material a fusionar. Un poco más de masa y tienes un brillo amarillo como el de nuestro sol. El cual eventualmente se infla y “enfría” cuando comienza a producir reacciones más energéticas (gigante roja); después pierde su material gradualmente (sin explosión), y deja su núcleo desnudo (Enana blanca) brillando hasta el fin de los tiempos (casi literalmente).

Si el objeto es más masivo aún, brilla un azul intenso, y se pone aún más interesante la cosa. Algunas de estas estrellas azules se inflan como lo hará nuestro sol, pero debido a la cantidad de material, el colapso gravitatorio final es tan violento que la masa sale disparada en un rebote llamado “supernova”. Lo que queda es una “Estrella de Neutrones”, algo que se sostiene solo porque los neutrones no pueden configurarse de una manera más compacta. Una bola de material tan denso como lo sería La Tierra si pudieras comprimirla al tamaño de Ciudad de México. Pero incluso la estrella de neutrones puede fallar. Si la estrella inicial es lo suficientemente masiva, luego de la supernova, nada detendrá el colapso. La masa seguirá comprimiéndose por su propia gravedad, hasta un punto infinitamente pequeño con una concentración monstruosa de gravedad: un agujero negro. Completamente indetectable porque nada que choque contra él puede volver a salir, ni siquiera la luz (de allí que sea invisible a menos que esté consumiendo material).

Lo más sorprendente de todas estas dinámicas es su producto: elementos complejos que salen disparados al espacio para formar nuevos sistemas solares, con química capaz de posibilitar la existencia de seres vivos (que puedan estudiarlos). Como afirma cándidamente el físico Lawrence Krauss: Las estrellas murieron para que pudiéramos estar aquí.

Si algo recordamos de toda esta aventura, debería ser ese hecho.

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