Un viejo maestro

Ver algunas entrevistas de Carl Sagan en la etapa final de su vida me ha recordado lo mucho que he aprendido de él en los últimos años. Si, murió hace casi dos décadas, pero como él mismo decía: con una mirada a un libro ya puedes oír la voz de otra persona, quizá muerta desde hace miles de años. A través de los siglos, el autor está hablando, clara y silenciosamente, dentro de tu cabeza. La escritura es quizá la más grande de las creaciones humanas, uniendo a las personas, ciudadanos de épocas distantes que nunca se conocieron. Los libros rompen los grilletes del tiempo — prueba de que los seres humanos pueden hacer magia.

Mi admiración por Sagan no es ningún secreto pero permítanme ser redundante y contarles un poco sobre algunas de las lecciones más importantes que me han quedado de ver Cosmos, y leer las obras del viejo astrónomo.

De la maravillosa foto del Voyager I, aprendí que nuestro planeta es pequeño y frágil; nuestra existencia en él nueva y preciada. Por ello la exploración es vital para nuestro futuro, pero aunque miremos las estrellas no debemos nunca dejar de atesorar La Tierra, el hogar de la especie humana en el espacio. Aprendí que la mejor manera de lograr esta consciencia es la promoción de los valores y conocimientos de la ciencia – a niños y adultos – y el ejercicio de la imaginación que, con todas nuestras limitaciones, puede llevarnos a donde queramos, si tenemos la valentía de emprender el viaje.

Aprendí que la manera científica de pensar, la duda, en una mezcla delicada con creatividad en la nuevas ideas y el escrutinio más riguroso y escéptico de ideas nuevas y viejas, es el camino al futuro, no solo para la ciencia sino para todas las instituciones humanas.

Aprendí a maravillarme con el universo, a ser optimista, a ver los problemas como oportunidades para implementar soluciones y no obstáculos insuperables. Aprendí a apreciar la vida, en toda su improbabilidad, y en todas sus diversas formas.

Y, por supuesto, aprendí que somos polvo de estrellas.

Cuando conocí a Carl Sagan, él ya había fallecido, pero vaya que me ha enseñado desde entonces.

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