El amor no está en el aire

Hoy es 14 de febrero y el amor no está en el aire, ni en tu corazón, ni en tu estómago –por más mariposas que sientas. Está en tu cerebro, y eso está lejos de hacerlo menos romántico. Desafortunadamente, el amor suele ser una de las cartas fundamentales de los detractores de una visión científica de la experiencia humana, como si de alguna forma el conocimiento le arrebatara la magia al sentimiento. Pero el amor está lejos de ser algo intangible o algún tipo de prueba metafísica de que somos más que la materia y energía que nos conforma. Como muchos otros fenómenos naturales, lo hemos estado estudiando y entendiendo progresivamente por mucho tiempo. Así como el hambre y la sed que tanto nos mueven, el amor también cobra sentido bajo la luz de la evolución.

La teoría más aceptada para la conducta “amorosa” –ese apego que sentimos hacia otros seres vivos– es que surge en nuestra especie (y en varias otras) a medida que los cerebros comenzaron a hacerse progresivamente más grandes. Este cambio significó que se requiriese más tiempo para el desarrollo de un niño al punto en que su cerebro estuviese completamente formado. La consecuencia directa es que la cría era más vulnerable por más tiempo, y requería de uno o varios adultos que lo cuidasen y enseñasen. Mientras más adultos hubiera cerca, más probable era que el infante sobreviviera. Para nuestra especie, la simple reproducción dejó de ser suficiente, y la naturaleza comenzó a “seleccionar” a los grupos de humanos que se preocupaban más por sus niños, aquellos que formaban fuertes lazos sociales que armaran un grupo de protección. En estos grupos pequeños, mientras más tiempo permanecieran juntos el padre y la madre –mientras más se “amaran”– más probable era que la descendencia llegara a la edad adulta y pudiera reproducirse, perpetuando esa carga genética.

El resultado es maravilloso. Literalmente, el cerebro nos premia con químicos placenteros cuando pensamos en esa persona especial, mucho más cuando pasamos tiempo con ella: es una adicción. Esto se ha medido, y actualmente los investigadores pueden saber cuando alguien piensa en un ser amado tan solo observando su actividad química y neuronal. “Tener química” nunca significó tanto.

Este 14 de febrero, velo de esta forma: tú, y esa persona que amas, fueron moldeados por la naturaleza para poder amarse. Efectivamente, están vivos porque pueden amarse (muchos de sus ancestros sobrevivieron en parte gracias a esta capacidad). A nivel del cerebro, cada beso enciende un circuito de miles de millones de neuronas, creando nuevas conexiones, alterando la fisiología de ambos permanentemente. Después de 2 millones de años de evolución homínida, contra todas la probabilidades, están juntos, en una misma época, tan solo dos entre 7 mil millones de personas que viven en la actualidad.

En efecto, si sentimos que esta realidad le quita romanticismo al amor, quizá debamos redefinir “romance”.

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