Orgullosamente lunático

Gigantes, les comento sobre un tema de particular importancia para mí: Debemos reivindicar la Luna.

Por supuesto, no me refiero físicamente al objeto masivo que gira alrededor de nuestro planeta mostrándonos siempre el mismo lado (lo que se conoce como rotación síncrona) y causando las mareas; no cabe duda de que este pequeño mundo continuará girando y alejándose unos 4 cm al año sin importar lo que pensemos de él. Me refiero a algo un tanto más abstracto: la manera en la que socialmente interpretamos y valoramos a la Luna. Claro está, a nuestro satélite natural no le falta fama o prominencia – siempre ha estado muy presente en nuestras culturas: ha afectado calendarios, obras de arte, mitologías (de las cuáles los horóscopos aún tienen muchos desafortunados adeptos), estudios y exploraciones científicas (como las famosas naves Apolo) y hasta nuestro lenguaje – en buena medida. Es en este último punto, sin embargo, donde noto algunas inconsistencias negativas que me gustaría traer a su atención.

¿Por qué continuamos usando el término “lunático” para referirnos a personas “raras, peligrosas, tontas o impredecibles”? Tenía sentido en la Antigua Grecia, donde algunos filósofos argumentaban que la luna llena inducía trastornos bipolares a quienes la observaban fijamente, ya que proveía mucha luz en aquello que naturalmente debía ser oscuro: la noche. El fuerte contraste, la hipótesis explicaba, llevaba a los individuos a perder sueño y a actuar, en consecuencia, de manera errática, eventualmente llevándolos a la locura (Aristóteles sin duda se entretendría analizando los efectos de las luces eléctricas que facilitan nuestras vidas nocturnas actuales).

Otra de las formas despectivas, o al menos abiertamente negativas, en las que sin justificación es usado nuestro satélite natural es al decir que alguien “está en la luna” – refiriéndose a personas que se distraen fácilmente o son lentas en el aprendizaje – y es aquí donde se torna un tanto personal (concesión que espero me permitan), ya que muchas veces fui clasificado con este expresión durante mi infancia.

Ciertamente, desde pequeño me ha agradado mirar la Luna y las estrellas. Desde que tengo memoria he sentido una pasión creciente por contemplar la naturaleza y tratar de entender sus mecanismos. Noten la dualidad del error de aquellos que criticarían esta actitud en un niño: por un lado vilifican la mentalidad que resta importancia a las preocupaciones pasajeras del día a día; por el otro, asocian esta “mala” conducta con la preciosa joya que adorna nuestros cielos mediante un término como “lunático”.

La Luna es uno de esos elementos que nos unen como especie: no importa donde hayas nacido, o qué idioma hables, la has visto en algún momento, brillando en el cielo, ofreciéndonos una tenue pero muy necesaria luz durante la penumbra de la noche – arropándonos en esa lejana época en la que el fuego aún era un misterio indescifrable. Qué lejos hemos llegado como especie desde esos días, y qué orgullo podemos compartir todos ante la imagen de un ser humano caminando sobre esa superficie grisácea y ajena. Resulta irónico que el andar de los astronautas de las misiones Apolo – de los 12 que han tenido la fortuna de ir – pueda definirse como “raro, peligroso, tonto e impredecible”, debido a la poca gravedad que los ataba al suelo. Con más razón aún, me auto-definiré orgullosamente lunático en este espacio, ante ustedes lectores, pues me parece esencial que continuemos soñando con la Luna y las estrellas; que miremos hacia afuera y tratemos de entender; que exploremos siempre que podamos el océano cósmico que yace más allá del oasis terrestre.

Después de tantos años puedo decir que si: durante esos momentos de distracción, mi mente estaba en la Luna. Y les recomiendo el viaje.

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