De la vida y la muerte

El gran Richard Dawkins cumplió años esta semana y debo admitir que me sorprendió un poco saber que este genial escritor y admirado personaje ya cuenta 72 primaveras, la mayor parte de las cuales ha invertido en estudiar biología evolucionaria, divulgar y educar en ciencia y – más recientemente – luchar por el escepticismo y el pensamiento crítico aplicado sobre todo a las afirmaciones religiosas. Es una edad venerable, y que realmente no se nota cuando lo ves (frecuentemente) hablando y debatiendo sobre estos temas que tan importantes son para él, alrededor del mundo. Suelo disfrutar mucho sus alocuciones y debo confesarles que – al enterarme de su edad – relampagueó en mi mente la desafortunada noción de que en un futuro no demasiado lejano, el Sr. Dawkins pudiese ya no estar entre nosotros. Ya saben cómo es, cuando se trata de un autor cuyos libros has leído: sientes que los conoces a un nivel personal (quizá en efecto lo haces); más aún cuando uno de sus libros te ha aclarado tanto sobre el mundo como “El Espejismo de Dios” lo hizo para mí en su momento.

Dawkins por su parte asume su mortalidad de una manera mucho más cándida (como todos deberíamos procurar hacerlo con la propia y la ajena cuando ésta es inevitable), afirmando que planea tener una grabadora a su lado, dejando evidencia de que no se “arrepintió” en el último momento, abandonando el ateísmo que tanto se asocia con él. Felizmente, si su actitud es indicativa de algo, gozaremos de su genialidad por muchos años más (su comentario de “science works, bitches” se viene a la mente).

Esta actitud de la que pretende protegerse Richard Dawkins – la especulación sobre su posible arrepentimiento – es una que le ha sido aplicada a muchos científicos, incluyendo al mismísimo Darwin. Al parecer las personas que temen terriblemente a la muerte, y sueñan con que no sea el verdadero final, no pueden aceptar que alguien se haya liberado de este terror a través del conocimiento. Carl Sagan es otra conocida víctima de esta acusación póstuma, a lo cual su esposa, Ann Druyan, respondió en una maravillosa carta que ahora les cito.

— “Cuando mi esposo murió, ya que era tan famoso por no ser creyente, muchos se me acercaban – aún pasa a veces – para preguntarme si Carl se había arrepentido al final y se había “convertido” a la idea de una vida después de la muerte. También me preguntan con frecuencia si creo que lo volveré a ver.

Carl enfrentó su muerte con un coraje incansable y nunca buscó refugio en ilusiones. La tragedia era que ambos sabíamos que nunca nos volveríamos a ver. No espero reunirme con Carl pero, lo genial es que cuando estuvimos juntos, por casi 20 años, tuvimos una apreciación vívida de lo breve y preciada que es la vida. Nunca trivializamos a la muerte fingiendo que era otra cosa más que la última despedida. Cada momento que estuvimos vivos y juntos fue milagroso – no en el sentido inexplicable o supernatural. Sabíamos que éramos beneficiarios de la suerte. Que tuviéramos esa suerte tan generosa y amable, que nos encontráramos – como Carl escribió en “Cosmos” – en la vastedad del espacio y la inmensidad del tiempo. Eso me sostiene y es mucho más significativo.

“No creo que veré a Carl de nuevo. Pero lo vi. Nos vimos el uno al otro. Nos encontramos en el Cosmos, y fue maravilloso.” —

La muerte puede parecer a veces un mal chiste, un desperdicio de potencial, pero debemos admitir que le da un gran valor al tiempo que efectivamente pasamos bajo el sol. Ojalá todos tengamos la suerte de morir – cuando nos llegue el momento – de manera cándida, sintiendo orgullo por la vida que hemos llevado.

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