El hombre del futuro

El gran escritor de ciencia ficción Arthur C. Clarke es recordado con frecuencia – en adición a sus excelentes obras – por haber acuñado la frase “Cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”; la tercera de sus famosas tres “Leyes de la predicción”. Es una idea que comparto plenamente, aunque poco la apreciamos en nuestras vidas contemporáneas. Estamos demasiado acostumbrados a lo relativamente fácil que es la vida humana en el siglo 21 (al menos para un alto porcentaje de la población). En nuestras sociedades modernas, hasta las personas más pobres tienen vidas más seguras y abundantes, más oportunidades y libertades, y sobre todo, más conocimiento que nuestros antepasados promedio de hace apenas un par de siglos. La globalización que se nos ha venido encima en la última década es el inicio de una homogeneización tecnológica que causa que todos los que estamos conectados a la red podamos estar enterados de los últimos avances tecnológicos, desde el microprocesador más pequeño y la cura más prometedora, hasta las exploraciones robóticas que actualmente se abren camino por el enorme espacio del sistema solar.

La clave de este cambio social tan repentino es simple, y no es un secreto para nadie: La formalización del proceso científico. La revolución científica llegó para quedarse a finales del siglo 16, y desde que nos inventamos los estudios detallados de matemáticas, física, astronomía, biología, medicina y química, nada ha sido igual. Los productos de la ciencia (que no son más que los productos de entender nuestros alrededores racionalmente) nos han vuelto tan poderosos – comparativamente – que en efecto es muy probable que nuestros ancestros nos tomaran por hechiceros, si acaso viajáramos por un momento al pasado remoto, armados con nuestros celulares inteligentes, laptops, automóviles, aviones, vacunas, prótesis, explosivos, marcapasos, microondas, guitarras eléctricas, refrigeradores, baterías, y en general cualquiera de nuestros dispositivos modernos (Admitido, sería un viaje bastante cargado).

Pero es más que eso. No son solo los mecanismos y utensilios de uso diario los que sorprenderían a nuestros antepasados, sino nosotros mismos: de poder expresarlo y tener su atención, de seguro tendríamos el potencial de maravillar a muchos de nuestros escuchas con el simple conocimiento del universo que nos rodea, incluso sin ser un entendido en temas técnicos. Con tan solo saber lo que son la Luna, el Sol y el resto de las estrellas; con entender la forma de La Tierra y por qué los días transcurren como se observa. Las estaciones, el clima, la evolución humana, las enfermedades, la gravedad y el electromagnetismo, la mecánica del movimiento de los cuerpos, los continentes, los planetas: el cosmos. Que digo magia, tendrías suerte si no comienzan a adorarte de inmediato (cosa que quizá no sea tan mala si estás atorado en dicha época antigua). Claro está, puede que también te tacharan de hereje.

Adicionalmente a todo esto, la medicina actual garantiza que también tu aspecto resulte muy especial para tus interlocutores ancestrales. Todos tus dientes en su sitio, plenamente libres de manchas. Ropa ajustada y duradera, anormalmente limpia. Un cuerpo libre de heridas que nunca hayan sanado, sin muestra de infección alguna. Extremadamente bien alimentado y limpio – por fuera y por dentro – del tipo de elementos que causaban que la expectativa de vida por mucho tiempo no superara los 30-40 años. Incluso más que con los jóvenes actuales, nuestros antepasados se sorprenderían mucho al ver a una persona actual de 40, 50, 60, 70 y hasta 80 años, no solo con vida, sino bastante saludables, muchos de ellos venerables ancianos aún trabajando productivamente. En efecto, nuestras vidas actuales están fuera de su imaginación.

Bien. Supongo que para este momento te sientes muy satisfecho contigo mismo, pero antes de que salgas a conquistar el mundo con todo ese conocimiento y esos dientes perfectos, te invito a que consideres la situación inversa. Si con este nivel de tecnología, aún en pañales, nos hemos diferenciado tanto de los ancestros, ¿Cómo sería conocer a un ser humano del siglo 22? ¿O del 28? ¿Te imaginas dar la mano a uno de nuestros descendientes nacido en el siglo 35? Si la tecnología sigue como va, bien podríamos estar estrechando la mano de un ser genéticamente perfecto, virtualmente inmortal, capaz de controlar la tecnología con su mente, inmune a la asfixia, las enfermedades, el hambre, o a las armas de fuego convencionales, con mecanismos para la manufactura de cualquier material o máquina a partir de partículas elementales , con vehículos capaces de viajar a las estrellas más remotas miles de veces más rápido que la luz, con conocimientos que no podemos ni concebir en la actualidad.

Tenemos mucho que enseñar, pero también que aprender, y eso es lo que hace a la ciencia tan emocionante. Mientras más nos revela el universo, más lejos llegan nuestras mentes imaginando las posibilidades. Estamos sobre los hombros de muchísimas generaciones, y ahora nos toca a nosotros seguir progresando, para pasar la antorcha a un futuro del cual podamos sentirnos orgullosos.

Sigamos soñando.

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