La pereza al acecho

Lo tenía todo claro cuando me senté ayer frente a la computadora. La hoja en blanco de mi programa de edición de documentos me miraba espectadora, invitándome a plasmar en ella mis pensamientos para hacer un nuevo post en “Sobre Hombros de Gigantes”, compartiendo con ustedes algún hecho maravilloso de la naturaleza que habitamos, o de aquellos valores racionalistas que tanto bien le hacen a la sociedad. Con el tema definido (modestia aparte: era grandioso), los recursos disponibles, la energía necesaria y el tiempo a mi favor, solo hacía falta dar el paso de comenzar a escribir, y así contarles – a través del texto – alguna nueva aventura de conocimiento. Solo era necesaria la voluntad de hacer el trabajo. Solo tenía que idear la redacción, e iniciar el proceso motriz de desplazar mis dedos sobre las teclas. Solo faltaba tan poco.

Pero – les confieso – al final, me dio flojera.

Reprochable, lo sé. Pero no soy el único que en algún momento ha dejado de hacer algo que está en plena capacidad de ejecutar, sin razón aparente. De hecho, la flojera, pereza, indolencia, o como les parezca llamarla, es una característica humana universal, y podría ser uno de los secretos mejor guardados de la sobrevivencia de nuestra especie, aunque suene contradictorio. Los seres humanos actuales evolucionamos cazando en la sabana africana, y es allí donde encontramos fáciles paralelos para el origen de este “ahorro energético” que tanto nos tienta: ¿Han visto qué hacen los leones cuando no están cazando? La mayor parte del tiempo, están acostados. Perseguir y matar a la presa es una actividad física exigente, y los animales que viven de la caza tienen una fuerte tendencia a no hacer esfuerzos innecesarios. De esta forma, la energía se guarda para cuando efectivamente hay algo que matar. Se piensa que las otras especies de humanos con las que competíamos hace unos 100 mil años, como el Homo Erectus o el Neandertal, no consideraban esa “eficiencia de costos” cuando hacían sus planes de caza. Nuestra especie en cambio lo llevó al próximo nivel, haciendo trampas y usando venenos para no tener que correr detrás de la presa, eventualmente domesticándolas. Qué flojera perseguir manadas en migración.

En el cerebro humano actual, capaz de planificar de manera abstracta, este ahorro ha coloreado toda nuestra psicología, llevándonos a siempre buscar la vía más corta, el menor consumo de recursos, e incluso el descanso vacacional como recompensa por un trabajo bien hecho. Por supuesto, dada esta predisposición, es fácil pensar que no deberíamos hacer nada nunca, pero es evidente que si hacemos cosas, incluso sin estar motivados directamente por el hambre o la sed. Varias investigaciones nos revelan por qué: somos felices cuando hacemos actividades. Irónicamente, aunque el cuerpo pida inactividad, el cerebro humano la castiga con la sensación negativa de “aburrimiento”, para motivarnos a hacer algo – lo que sea. Sin duda, la selección natural no fue amable con quienes pasaban todo el día acostados. En consecuencia, la evolución ha producido una mente que lucha contra si misma, y nuestra sociedad está construida mayoritariamente para premiar a quienes triunfan contra el poderoso instinto de – simplemente – no hacer nada.

Por eso confiesen con orgullo lo que les da flojera hacer, gigantes (¡acá en los comentarios!). Es plenamente natural; pero recuerden que también lo es moverse, de vez en cuando.

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