Un oasis entre las estrellas

La imagen del hombre que camina lentamente – sediento y cabizbajo – por el desierto, con un Sol inclemente brillando sobre él, es una con la que la muchos de nosotros estamos familiarizados. Incontables héroes, en películas, literatura, comics y otras clases de ficción, se han enfrentado a este predicamento, usualmente salvándose solo por la improbable aparición de un oasis: un pequeño pozo de agua fresca que ha logrado mantenerse líquida en el insoportable calor por algún accidente geográfico, o una fuente subterránea. Incrédulo ante su suerte (al igual que la audiencia), nuestro héroe usualmente reúne lo que le queda de energía y de una carrera se abalanza sobre la superficie cristalina (dado, claro está, que no se trate de un arenoso “espejismo”).

Los desiertos son algunos de los lugares más inhóspitos sobre la superficie de nuestro planeta, muchos de ellos con paisajes secos y desolados que nos recuerdan más a las fotos que nos envía el Curiosity desde Marte que a cualquier otra región de nuestro punto azul pálido. Sin embargo, en La Tierra, incluso estas zonas tan duras están llenas de vida. Desde los humanos, que habitamos casi todos los nichos que ofrece el planeta (y más allá si contamos la Estación Espacial Internacional), pasando por millones de especies animales y vegetales adaptadas exquisitamente a su medio ambiente, hasta los microbios, que en esos lugares han evolucionado para hibernar durante enormes periodos, solo para reavivarse frenéticamente cuando cae una escasa lluvia.

La sorprendente resistencia y extensión de la vida en nuestro planeta, habiéndola incluso en las profundidades del océano donde no llega ni un rayo de Sol (tan esencial para la vida en la superficie pero completamente sustituido por actividad volcánica en ese ambiente), nos invita a abrir nuestras mentes con respecto a lo que puede haber allí afuera, en el gigantesco vacío que nos rodea. ¿Será La Tierra un oasis único en un desierto estéril poblado por rocas rabiosamente volcánicas, o congeladas más allá de cualquier posibilidad de química compleja? ¿O acaso somos apenas una más de las muchas formas en las que el universo es capaz de producir vida; tan solo uno de muchos ecosistemas que danzan redondos entre las estrellas? Difícil de decir, pero si algo nos advierte la historia de la ciencia es que debemos ser cautelosos al afirmar que somos únicos o especiales. El universo, con toda su indiferencia, es experto en enseñarnos humildad.

Ubicar planetas como La Tierra (con agua líquida) es, por supuesto, una buena guía inicial para dirigir la búsqueda de vida extraterrestre. Es el único ejemplo que tenemos de un lugar donde efectivamente hay biología, y teniendo millones de millones de planetas candidatos solo en esta galaxia, algún tipo de filtro no hace daño. Pero sabiendo lo tenaz que es la vida, y lo relativamente rápido que surgió cuando las condiciones se dieron en nuestro mundo, es fácil imaginar que haya ecosistemas en los sitios más inverosímiles, como en esta representación (en la imagen) de un planeta atado en rotación síncrona a su estrella (mostrándole siempre la misma cara, como la Luna a La Tierra); arrasado por el calor en su lado diurno; la cara que da hacia las estrellas totalmente congelada, y sin embargo habitado en una fina franja de atardecer permanente , con ríos y tierras verdes. Por más fantástico que parezca, está lejos de ser imposible.

Puede que sean nuestros descendientes, o alguna otra generación futura, la que responda a la pregunta de qué tan probable es la vida en el cosmos, pero no podemos evitar sentirnos intrigados por este misterio en la actualidad. Como decía Sagan, la vida busca vida, y así como apreciamos la diversidad terrestre, y hablamos sobre la necesidad de preservarla, es normal que también miremos hacia arriba por las noches, imaginando. 

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