Tu arcoíris personal

Como una especie de consuelo por haber saboteado mayoritariamente mis intentos por ver la súper luna de ayer, hoy pude observar un arcoíris adornando el cielo nublado – uno de los fenómenos más reconocidos y apreciados de la naturaleza por los seres humanos. Es realmente hermoso contemplar todos los colores del espectro visible (en efecto, los tonos a través de los cuales percibimos visualmente nuestro mundo) exquisitamente resumidos en una banda natural flotando entre las nubes; aún más cuando ha pasado una gran tempestad y el alivio de ver salir el Sol se ve complementado con este detalle. Por supuesto, es el Sol quien causa el efecto, cuando uno de sus rayos de luz blanca rebota de una gota de agua dividiéndose en sus colores constituyentes, como cuando pasa por un prisma (razón por la cual el blanco es una buena elección de color favorito: contiene a todos los demás).

Pero hay algo menos obvio que hace de éste un fenómeno aún más interesante: tal cual lo percibes, el arcoíris solo existe en tu mente. No estás viendo un objeto físico con una posición exacta en el cielo, sino un círculo de colores centrado en tu persona, creado por tu cerebro como interpretación de las diferentes longitudes de onda que percibe tu ojo de esa dirección. Ninguna otra persona, cerca o lejos, ve exactamente el mismo arcoíris que tú. La evidencia está en que, al moverte, siempre lo verás perpendicular a tus ojos. Nadie nunca ve un arcoíris “de lado”, delgado como el borde de un disco compacto. Es imposible darle la vuelta y verlo del otro lado (con los colores invertidos). Cada uno es personal.

Claro, todos hemos visto en algún momento el mismo arcoíris que otras personas dicen ver, pero esto es causado por la luz reflejándose en esa dirección general, mostrando a cada quien su arco particular. Es un hecho poderoso, si lo pensamos. De alguna forma, el arcoíris es un fenómeno subjetivo que podemos compartir con otras personas, todos celebrando en conjunto una experiencia que, en el fondo, es absolutamente privada. No demasiado diferente a los sentimientos, en ese sentido.

Por supuesto, este hecho hace aún más evidente (si acaso ya no lo era) que no podemos llegar a la base de un arcoíris. Para efectos prácticos, la base de esta banda de colores es tan imaginaria como el oro que allí esconde el mítico duende.

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