Tan joven como el infinito

Llegó esta época del año nuevamente – esa que conmemora otra vuelta alrededor del Sol desde que abrí los ojos al universo; 12 meses más de acumulación entrópica. Parado frente al espejo, pienso lo que siempre pienso por estas fechas:

“No luzco un día mayor de 13,700 millones de años”

Pero la química no miente. Mi avanzada edad se hace evidente al notar que estoy hecho de oxígeno, carbono, hidrógeno, nitrógeno, calcio, fósforo. Estos no son nuevos elementos. No comenzaron a existir cuando mi madre me dio a luz. Son configuraciones diferentes de la misma materia que surgió del Big Bang, hace tantísimo tiempo. Al principio todo era hidrógeno y helio, los elementos más sencillos de formar, recién salidos de la expansión de partículas elementales. Luego vinieron las primeras estrellas, que fusionaron átomos de generación en generación para producir los otros elementos familiares de la tabla periódica – los ingredientes de la vida. La verdad es que no recuerdo mucho de esa época. Debí formar parte de miles de estrellas durante ese período, y salir expulsado en supernovas espectaculares al final de cada ciclo. Eventualmente, el polvo estelar enriquecido del que estoy formado colapsó en una forma más tranquila – modesta – alrededor de una estrella recién nacida en un rincón pacífico de la galaxia. Hace alrededor de 4,500 millones de años se formó mi hogar más reciente en el espacio. Una hermosa esfera azul.

Qué clase de viaje ha sido desde entonces:

Hoy – en mi cumpleaños – celebro el segundo día de este mes de Julio, el séptimo mes del año 2013, el décimo cuarto año del siglo 21, 1044439_395281207258720_2006380411_nel primer siglo del tercer milenio contemporáneo, el décimo segundo milenio de la época Holocena, la segunda época del periodo cuaternario, el tercer periodo de la era cenozoica, la tercera era del eón fanerozoico, el cuarto eón del planeta Tierra.

Hace 27 vueltas alrededor del Sol que desperté al cosmos, pero desde la primera vez que lo vi – alguna noche durante mi infancia – me di cuenta de que nos conocemos de mucho antes. Soy tan solo una formación reciente en una historia que va más allá de nuestra concepción provincial del tiempo. Aún así, no podría sentirme más significativo. A través del conocimiento, rozamos esa eternidad cada vez que vemos al cielo – como apreciando nuestro rostro, en una mirada al espejo. En ambos casos, somos el universo tratando (torpe pero tercamente) de descubrirse a sí mismo – nuestro origen y destino.

13,700 millones de años quizá no es tanto, después de todo, a sabiendas de que nos espera el infinito.

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