Principios de la Mecánica Cuántica

Como es posible que se hayan dado cuenta, el universo es inimaginablemente complejo en casi cualquier dirección en la que decidas mirar. Ya sea que te decidas por estudiar una célula, o un cerebro, o el interior de una estrella, o el baile de los astros, o los patrones climáticos, o la economía de un país; obtener conocimiento profundo sobre los mecanismos que operan tras los eventos que percibimos es difícil – requiere energía y disciplina – y es un ejercicio que muchas veces no estamos dispuestos a realizar, más allá de un cierto límite que nosotros mismos nos establecemos. Dada esta dificultad inherente, nos resulta sorprendente en ocasiones todo lo que ya sabemos del universo que nos rodea, aún con la consciencia de lo mucho que aún ignoramos. En todos los campos de la técnica y el arte humano existe conocimiento especializado que escapa a los ojos no entrenados, pero no en todos es tan obvia la escala del reto que eso representa como lo es en las ciencias naturales modernas, especialmente la física.

Por un lado, la irracional inmensidad del espacio y el tiempo, retándonos a comprender eventos que transcurren en escalas que nos llenan de humildad y perspectiva. En el otro extremo, el mundo bizarro de lo extremadamente pequeño, donde nuestro “sentido común” es burlado una y otra vez por partículas que están simultáneamente en lugares diferentes , se teletransportan al encarar obstáculos físicos, y aparecen y desaparecen de “la nada” sin causa aparente. Efectivamente, reconciliar el mundo “clásico” de lo muy grande (al que estamos relativamente acostumbrados), con los comportamientos más arbitrarios del lado cuántico de la realidad es uno de los mayores retos intelectuales a los que nos enfrentamos en la investigación de la naturaleza – pero no estamos completamente en cero.

Es cierto, la gravedad (una fuerza tan débil que requiere de estructuras del tamaño de planetas para comenzar a sentirse significativamente) se resiste a ser entendida en la escala de lo muy pequeño. Sin embargo, la otra gran fuerza macroscópicamente significativa (digamos, de largo alcance) ya fue integrada perfectamente a este marco de referencia tan elusivo. Se trata del electromagnetismo, en perfecta concordancia con la fabulosa teoría de la electrodinámica cuántica, pensada inicialmente por Paul Dirac – quien estaría hoy de cumpleaños; uno de los físicos más influyentes de la historia.

Dirac compartió con Schrödinger el premio Nobel en 1933 por haber sentado las bases de la física cuántica; reconociblemente uno de los temas más complejos de la ciencia moderna. Se trataba de un hombre muy tímido que – según Einstein – “marcaba la línea entre el genio y la locura”. No podía esperarse menos del hombre que predijo la existencia de la antimateria (materia con carga eléctrica opuesta a sus pares) años antes de su descubrimiento, y cuyo libro “Principios de la Mecánica Cuántica” se utiliza aún en la actualidad como una de las referencias principales en el campo.

Muchos otros grandes científicos han seguido los pasos de Dirac en el esfuerzo por entender la naturaleza fundamental del universo y, con todos los avances, el reto aún sigue luciendo monumental. Aún, nuestra especie – representada en este caso por aquellos que abandonan la peligrosa comodidad de la ignorancia – continúa perseverando, y abriendo los caminos que transitarán las generaciones venideras.

Un hecho digno de celebrar y promover.

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