¡Eureka!

Quizá han oído la historia. El rey Hiero II había comisionado una corona conmemorativa para un templo, y proveído al orfebre del oro puro que necesitaría para hacer el trabajo. Cuando recibió el producto final, quiso saber si el resultado de verdad estaba hecho totalmente de oro, y que no se había mezclado con algo de plata para “ahorrar costos”. Para ello, recurrió al famoso científico griego, Arquímedes.

Si tan solo se hubiera podido derretir la corona y convertirla en un objeto con forma regular (digamos, un cubo) el trabajo de calcular su densidad y así deducir su pureza habría sido relativamente sencillo; pero -por supuesto- no se debía dañar la genial obra del orfebre. Arquímedes lo pensó por un tiempo sin poder resolver el problema, hasta que un día, metiéndose en el baño, notó que el agua de la tina se desplazaba en un volumen fijo cuando su cuerpo se internaba en ella. Efectivamente, siendo el agua un líquido que no puedes comprimir sobre sí mismo (al menos no con la energía disponible para un ser humano), con una densidad conocida, ese volumen que se desplazaba permitiría calcular la pureza del objeto que hundieras en ella. Arquímedes gritó “Eureka” (que significa, “lo he encontrado”), y corrió desnudo por la calle riendo como un demente.

Esta historia -cuya veracidad es por supuesto debatida- es la primera de muchas anécdotas similares con las que se cuenta en el ámbito científico. Se trata de ese investigador solitario que dedica una indecible cantidad de tiempo a ponderar un problema y evaluar la evidencia, finalmente concluyendo en una epifanía sin precedentes sobre el funcionamiento natural. Los ejemplos sobran en la ciencia moderna, pudiendo fácilmente citarse a Darwin -con la evolución de las especies; Copérnico -con el movimiento de los planetas alrededor del Sol. Newton -básicamente, destejiendo el universo gracias a una supuesta manzana; y el tan recordado Einstein -quien luego de más de una década de pensarlo, nos reveló que el cosmos era mucho más extraño de lo que nos habíamos atrevido a soñar.

Sin embargo – con todo lo históricamente válida, emocionante y romántica que resulta la idea de que alguien pueda penetrar la tela más fundamental de la realidad solo con el uso de la razón, un lápiz y un papel – sabíamos que no podía durar para siempre. Mientras más conocemos sobre el universo, más remotos se hacen los agujeros de nuestra ignorancia; y más inaccesibles se hacen las escalas en las que se deben realizar los experimentos para explorarlos. No se puede descubrir nuevas partículas elementales en la tina (lo siento Arquímedes), ni se revelarán los misterios de la materia oscura o el big bang en largas vigilias nocturnas. La cerradura que nos separa de las verdades últimas del cosmos cada vez requiere de una llave más compleja para abrirse: máquinas de kilómetros de longitud y telescopios espaciales capaces de espiar el nacimiento mismo del universo.

La entrega del premio Nobel de física el día de hoy a Peter Higgs y François Englert es una celebración maravillosa del proceso científico, validando el increíble trabajo de predicción que estos dos hombres realizaron hace medio siglo -pero también nos revela la posibilidad de que el Nobel (cuyas reglas imponen un máximo de 3 galardonados por un mismo logro) pudiese requerir una actualización. Para ubicar el bosón de Higgs, no menos de 6 físicos teóricos hicieron aportes significativos, y miles de profesionales más lo hicieron posible a través de la construcción y operación de los experimentos del LHC (la máquina más compleja construida hasta el momento). Obviamente, no es sensato pensar que se pueda repartir un Nobel a cada experto involucrado en este logro – y sin duda que Higgs y Englert son bastante merecedores – pero quizá deberíamos tomar la oportunidad para notar que hoy la ciencia (así como cualquier empresa humana de trascendencia) es un esfuerzo necesariamente colaborativo, y que posiblemente cada vez tengan menos sentido los reconocimientos individuales. Nos guste o no, estamos en esto juntos.

Claro que eso no reduce el mérito de cada individuo. Aunque resulte cierto que ya nadie puede cambiar el mundo por sí solo, ni se puede descubrir un nuevo aspecto de la realidad sin una fuerte inversión de recursos, sin duda que una persona puede ser una gran fuente de inspiración para el resto de nosotros. Higgs está lejos de ser el único responsable por el hallazgo del bosón que lleva su nombre, pero es un símbolo; un rostro que podemos asociar a este magnífico logro – siempre conscientes de que él también está sobre los hombros de sus antecesores y contemporáneos.

Acaso esta es la realidad ineludible de la evolución cultural humana.


Perfil pequeñoCarlos Julio Pino es ingeniero de sistemas y amante de la ciencia. Divide su tiempo entre el desarrollo de tecnología, la lectura y la divulgación.

 

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