Un recuerdo interestelar

Quizá más aterradora que la idea de la muerte (o tal vez aquello que la hace verdaderamente aterradora) es la amenaza del olvido; la noción de que no solo estamos destinados a desaparecer físicamente de este increíble universo – que tan poco tiempo tenemos para explorar – sino que eventualmente todo el que nos conoció también se habrá ido. El avance indetenible de la neblina de la historia ha consumido ya a unos 100 mil millones de humanos – con vidas enteras como la tuya y la mía, de las cuales en la actualidad no sabemos casi ningún detalle.

En relación a esta realidad, corre por allí la idea de que la única forma de trascender realmente es a través de nuestras acciones y legado: plantar un árbol, tener un hijo, escribir un libro – maneras de alargar el tiempo durante el cual La Tierra recordará que en algún momento caminamos su superficie.

Es una preocupación que definitivamente no es de aparición reciente. Invariablemente, en todos los casos, las personas que han ganado influencia y poder en sus respectivas sociedades han buscado “inmortalizarse” con tributos enormes a su débil majestad – pirámides, estatuas, palacios y castillos; grandes imperios y conquistas sangrientas – todo en nombre de la lucha continua por permanecer de alguna forma en la memoria de los vivos; de trascender a la muerte.

El éxito en tal esfuerzo es, por supuesto, siempre momentáneo. Al final, el tiempo no espera a nadie, y siempre será corta la extensión del recuerdo en comparación con el futuro a todas luces infinito del universo.

Aún así, encontramos cierta satisfacción en esa modesta medida de trascendencia a la que tenemos acceso. Nos sentimos parte de algo mayor al descubrir que estamos formados de átomos producidos en los hornos nucleares de las estrellas; que nuestros genes nos enlazan con todos los organismos que existen y han existido en el planeta; que nuestros restos serán consumidos y reciclados por nuevas formas de vida. Atrás queda ese libro – si es que lo escribimos. O esa estatua que alzaron a nuestro nombre los que afectamos positivamente mientras estuvimos aquí.

Como especie también enfrentamos esta ansiedad. A través de la ciencia, hemos podido deducir el lejano (pero inevitable) final de nuestro mundo, y de nuestra estrella; así como la naturaleza inmensa e infranqueable del cosmos que se extiende más allá. Para algunos, que observamos por la noche las estrellas, la sensación es tan palpable como el silencio – un vacío que se siente pesado sobre el pecho.

Por eso, la confirmación de que el Voyager 1 se ha convertido en el primer objeto fabricado por humanos en salir del sistema solar – obtenida en el 2013 – resulta tan importante. Como un grito que se hace mudo en la oscuridad, sabemos que la nave viajará probablemente para siempre por el espacio exterior, prueba de que los seres humanos una vez habitamos un pequeño planeta azul, en un rincón olvidado de la galaxia.

Eso sí que es trascendencia.


Perfil pequeñoCarlos Julio Pino es ingeniero de sistemas y amante de la ciencia. Divide su tiempo entre el desarrollo de tecnología, la lectura y la divulgación.

 

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