Mientras alguien nos recuerde

Imagina por un momento que todo lo que sabemos sobre el funcionamiento segmentado del cerebro humano está mal. Imagina – por más incoherente que el escenario resulte al contrastarse con la realidad – que el Modelo Estándar de Partículas es una descripción errónea, o incompleta, de la materia que nos conforma. Imagina, si has decidido seguirme el paso, que la famosa ecuación de la onda – propuesta por Paul Dirac en 1928 – fue en realidad el desvarío de un loco, que no detalla a la perfección el comportamiento de los electrones en los niveles de energía que son relevantes a la biología. Imagina que no comprendemos matemáticamente la mecánica cuántica, ni siquiera un poco, aunque todos los experimentos y tecnologías modernas dependan exquisitamente de dicha comprensión. Imagina todo esto, con cada una de sus implicaciones, y solo entonces existirá la posibilidad sensata de que la consciencia humana, demostrablemente alojada en el cerebro, sobreviva a la muerte.

Es fácil reconocer el atractivo de la noción: la capacidad para entender nuestro entorno, de visualizar el futuro y recordar con cierta precisión el pasado, es tanto una bendición como lo contrario. Inequívocamente, sabemos que vamos a morir – y suele parecernos aterrador. Siendo francos, no es para menos. Es dolorosamente obvio que el universo, en toda su vastedad espaciotemporal, esconde maravillas que jamás podremos experimentar en persona, limitados como estamos a unos cien años – con suerte – de consciencia, bastante menos en posesión de un cuerpo apto para emprender aventuras y tomar riesgos.

A menos que un descubrimiento inesperado dispare nuestras capacidades tecnológicas, o nos permita alargar nuestras vidas indefinidamente, es relativamente seguro afirmar que los que hoy vivimos nunca visitaremos otros sistemas solares, o formaremos parte de una gran comunidad galáctica. Esos futuros posibles quedan para las historias – son esos sueños que dejamos a las generaciones venideras cuando cerramos los ojos por última vez.

Tales contemplaciones me hacen considerar con frecuencia a los gigantes d10013498_540105582776281_6690743462021977052_nel pasado, cuyas voces aún oímos en el eco de sus obras, reverberando en el tiempo. Cómo quisiera una larga conversación con ellos, para dejarles saber todo lo que hemos descubierto desde que fallecieron. Cuando me permito la indulgencia del escenario inicial, imagino un té con Charles Darwin, mientras conversamos sobre la estructura genética común de todas las formas de vida, e inquiero sobre el momento exacto en el que descubrió que la evolución natural era cierta, y que tal conocimiento cambiaría el mundo para siempre.

Igualmente, me veo discutiendo vivamente con Isaac Newton sobre los méritos de la alquimia, revelándole que su fracaso transmutando materiales se debía a que la energía generada por su chimenea era un poco menor a la necesaria para producir fusión nuclear (algo como el núcleo de una estrella sería más apropiado). Con Richard Feynman, hablaría sobre el increíble hallazgo del bosón de Higgs, mientras usamos su bongo para ilustrar alguna característica fundamental de la realidad. Sin duda, contactaría también a Christopher Hitchens, pidiéndole consejo para mejorar mi dialéctica y escritura, mientras analizamos la política mundial.

Por último, si aún fuese posible, agradecería encarecidamente a Carl Sagan por todo el trabajo que hizo; le contaría sobre los exo-planetas; sobre el Curiosity en Marte, y sobre el legado cósmico que nos dejó y aún vive en cada uno de sus lectores.

Al final, lo cierto es que la muerte es inevitable, pero nuestra existencia de alguna forma persiste, mientras alguien nos recuerde.

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