El instante cósmico

Se me hace tarde, pero el tiempo no es más que una ilusión – o eso me digo, a modo de consuelo, mientras acelero el paso entre la marea de gente que obstaculiza mi avance. En medio del caos, casi puedo sentir la entropía del universo aumentando a mi alrededor, segundo a segundo. Un “Click” por allí – cuando oigo moverse a la aguja en el reloj de mi muñeca; un “Bum” por allá – cuando late el corazón; ambos recordatorios de que nuestra única posibilidad de medir el tiempo es tomar nota de la frecuencia en los fenómenos que tienen la cortesía de repetirse a periodos fijos. Bien lo notaron nuestros ancestros al asociar los “días” al tiempo que ocupa el Sol para nacer de nuevo sobre el horizonte; al entender los “meses” como el ciclo continuo de las fases lunares, y los “años” como el patrón de estaciones climáticas que resultan de los cambios en la inclinación relativa del planeta, durante una órbita alrededor del Sol. Es evidente que los patrones de la naturaleza no mienten: se me hace inexcusablemente tarde.

La experiencia es terriblemente ilustrativa de algunas de las características más fundamentales del cosmos: así como el electrón ve entorpecido su camino por culpa del campo de Higgs que permea el universo – otorgándole la masa que lo confina a un orbital atómico – me encuentro totalmente atrapado entre la multitud, cargado de emociones negativas, sintiendo violentado mi acceso al movimiento lumínico que debería ser natural a las partículas que me conforman. Soy el Doctor Manhattan atrapado en una estación de metro.

¿A dónde viajaría, de poder hacerlo, si mi consciencia lograra liberarse de los confines del cerebro que la genera? ¿Cuál sería mi destino si la totalidad del espaciotiempo estuviera a mi disposición para explorar? El futuro siempre se ha mostrado tentador, pero qué poca ambición demuestran en el tema los exponentes usuales de la ciencia ficción. Apenas 100 o 200 años, o 1000 y hasta 5000, se atreven a aventurar. Pensemos ahora realmente en grande, y viajemos hacia los sistemas solares aún no formados, que brillarán cuando un millón de millones de años hayan pasado.

Entre pequeñas estrellas rojizas de larga duración, los planetas enriquecidos mineralmente en este futuro impensablemente lejano han generado también vida, inteligencia, tecnología, astronomía: algunos de sus seres se preguntan sobre el cosmos – ¡pero qué tragedia! Ni una sola galaxia brilla en sus cielos. Debido a la expansión del universo, ya no los alcanza la luz de las 100 mil millones de galaxias que hoy podemos observar a través del Telescopio Espacial Hubble. El pasado se les ha escapado para siempre.

De repente, me siento afortunado por el instante cósmico que me ha tocado vivir; uno en el que podemos entender el devenir del universo, desde su misteriosa simplicidad inicial, pasando por los remolinos hermosos de la complejidad galáctica, hasta llegar al silencio absoluto del equilibrio termodinámico perfecto. Qué buena suerte poder ver el firmamento y contemplar un número de estrellas mayor a todos los granos de arena de todas las playas de La Tierra, y saber que mis átomos se formaron en astros similares, que explotaron al final de sus vidas hace miles de millones de años.

En retrospectiva, se hace mezquino pensar que es tarde. Sea una ilusión o no, ahora me siento dueño de todo el tiempo del mundo.

Ante la inmensidad, me queda pequeño el reloj.

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