La montaña de la improbabilidad

A pesar de lo extendida y tenaz que ha demostrado ser la vida en nuestro planeta, no tenemos una idea clara de qué tan común es este fenómeno químico en el universo. Para algunos, las condiciones en La Tierra son suficientemente especiales como para considerarla una rareza entre las estrellas: abundante agua, temperatura adecuada, clima relativamente estable, impactos espaciales esporádicos, cobertura magnética total; entre otras características que, si no necesariamente obligatorias, ciertamente parecen muy beneficiosas para el desarrollo de moléculas orgánicas cada vez más complejas. Tal razonamiento nos diría que es poco probable que otros mundos hayan despertado al universo, pues fueron demasiadas las casualidades y los accidentes que dieron como resultado al punto azul pálido que habitamos hoy.

Es un argumento que suena sólido, pero que no parece sostenerse ante un análisis más profundo. Fácilmente podríamos especular, al observar la cadena de ADN de algún ser vivo en la actualidad, sobre lo inmensamente poco probable que resulta que esa molécula específica fuera la favorecida por la selección natural, de entre todas las posibilidades con las que compitió durante 3,500 millones de años de evolución. Sin embargo, justo allí está el secreto – lo que el Prof. Richard Dawkins llama “escalar la montaña de la improbabilidad” – dada una muestra suficientemente grande, incluso lo muy poco probable sucederá en un gran número de ocasiones. Se estiman unas 400 mil millones de estrellas tan solo en nuestra galaxia. La Tierra podría ser un caso muy especial, y aún así haber miles de millones de mundos como ella en la Vía Láctea.

A esto se suma el hecho de que no es demasiado difícil imaginar maneras en las que la vida podría abrirse camino en circunstancias diferentes a las terrestres, y si algo ha demostrado la naturaleza es que es plenamente capaz de superar los límites de la imaginación humana.

El escenario, en general, es optimista para la existencia de vida en otros mundos – historias enteras bajo la luz de otros soles – pero debemos admitir que hace poco para mitigar el silencio espeluznante que reina entre los astros. Más allá de la cantidad de sitios en los que puedan encontrarse bacterias, o incluso tipos de vida que pudiésemos identificar como vegetal o animal, por el momento pareciera que solo nosotros transmitimos señales de radio hacia el vacío. Gritamos a través de nuestros transmisores hacia el firmamento, pero solo nuestro eco emerge de la oscuridad.

Por más de 50 años, SETI (la Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre) ha estado escuchando atentamente los cielos, tratando – hasta ahora infructuosamente – de interceptar algún diálogo interestelar. Su primer presidente, el astrónomo Frank Drake, fue quien propuso la ecuación que nos permitiría estimar la probabilidad de que hubiera alguien con quien hablar allá afuera: N = R* × fp × ne × fl × fi × fc × L

¿Cuántas estrellas se forman en la galaxia al año? ¿Cuántas tienen planetas? ¿Cuántos son aptos para la vida? ¿Cuántos han generado vida? ¿Cuánta de esa vida es inteligente? ¿Cuántos han desarrollado tecnología de radio? ¿Por cuánto tiempo transmiten antes de extinguirse?

El resultado del cálculo dependerá de qué tan optimista o pesimista seas en la respuesta a cada una de estas preguntas – pero en cualquiera de los dos casos, sería increíble que realmente estuviéramos solos en el universo.

Personalmente, tengo la fuerte sospecha de que somos muchos los que observamos la Vía Láctea por las noches, desde diferentes ángulos, preguntándonos sobre si existirá la vida en otros mundos. Una galaxia de miradas.

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Un comentario en “La montaña de la improbabilidad

  1. Yo también pienso que si somos muchísimos los que observamos el firmamento por las noches preguntándonos sobre si somos únicos, cosa que, creo que no es cierto, quizá en un mundo paralelo seamos nosotros mismos los que nos estamos preguntando depende de donde estemos para preguntar y esperar una respuesta.

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