La mayor de nuestras maravillas

El secreto del éxito de la especie humana, indudablemente, es nuestra capacidad para cooperar. Tan solo uno de nosotros – incluso el más inteligente, rápido, fuerte y carismático entre nosotros – no representa demasiado reto para las otras especies del planeta, con las cuales competimos por tantos milenios por recursos. El ser humano promedio jamás podría derrotar en combate a un león, o atrapar en carrera libre a una gacela, pero justo eso tuvimos que hacer como grupo para sobrevivir en la sabana africana que nos vio nacer a la consciencia.

Juntos – hemos demostrado – podemos hacer lo que sea, dado que las reglas del universo así lo permitan. Cuando aprendimos a coordinar el esfuerzo hacia una meta común, los humanos nos convertimos en un poder sin igual en la historia biológica del planeta, con la misma capacidad para la destrucción terrorífica, como para la construcción de obras magníficas, y una curiosidad persistente que poco a poco nos ha venido revelando la verdadera naturaleza del cosmos.

Luego de unos 11,000 años de registros históricos, son pocas las obras del mundo antiguo que aún siguen en pie. De las llamadas “7 maravillas clásicas”, solo la pirámide de Giza sobrevive a los embates del tiempo – mientras otras construcciones y proyectos, facilitados por nuestro dominio cada vez mayor de las fuerzas de la naturaleza, han tomado su lugar: torres de acero que se elevan hacia las nubes en ciudades enormes; puentes flexibles que atraviesan bahías, y túneles que reúnen tierras y océanos separados por la geología hace millones de años.

Pero no todas las nuevas maravillas son tan evidentes en su escala, función y beneficio tangible. Como suelen serlo, las huellas que verdaderamente trascienden en el espacio y en el tiempo resultan mucho más sutiles. Pasaron menos de 400 años desde que Galileo miró la Luna por primera vez a través de un telescopio hasta que un ser humano la pisó con palabras inmortales:

“Solo un pequeño paso para el hombre…”

En menos de un siglo, el conocimiento incipiente de los padres de la mecánica cuántica generó una transformación tecnológica completa en nuestra sociedad, los cimientos para la globalización integral de la cultura humana, y la construcción de la que sin duda es la mayor de nuestras maravillas: el Gran Colisionador de Hadrones (LHC) – el gigantesco acelerador de partículas que está destejiendo progresivamente la tela más íntima del universo.

Una nave construida por humanos transita ahora por el vacío inmenso entre las estrellas, y telescopios espaciales en órbita alrededor de nuestro mundo investigan el tiempo antes del tiempo. Buscamos vida en el cielo, mientras nos esforzamos por comprenderla aquí en La Tierra.

Podemos hacer lo que sea. Si dejamos que esos instintos negativos que aún nos acechan sean la guía de nuestras acciones, podríamos destruir todo lo que hemos construido en un instante, ahogados en el vaso de nuestras supersticiones y miedos – o podemos seguir mejorando, aprendiendo, cooperando, construyendo; capitalizando las mejores de nuestras virtudes y capacidades.

Ha sido un largo viaje. Con un poco de suerte, y no menos sabiduría, estoy seguro de que podremos seguir produciendo maravillas por mucho tiempo más.

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