La belleza de un ser vivo

Así como la masa de una galleta se adapta al molde en la que es horneada, produciendo una forma muy específica como resultado, sabemos que la vida en nuestro planeta – en un proceso bastante más largo y complejo – ha producido formas exquisitas, esculpidas progresivamente por el motor ciego de la selección natural. Por más adaptada que se encuentre una especie a sus condiciones actuales, la realidad es que ningún organismo es definitivo: todos son eslabones de igual importancia en una cadena continua que solo finaliza con la extinción.

La evidencia más llamativa de este fenómeno viene dada por el registro fósil de las distintas especies que han poblado nuestro planeta, el cual no solo nos revela la fisiología de animales enormes y plantas primitivas, sino que nos cuenta también un poco sobre la historia del mundo (ese molde) antes de nuestro despertar. Así, el tamaño terroríficamente grande de los insectos del periodo carbonífero-pérmico queda expuesto como el resultado directo de los altos niveles de oxígeno en la atmósfera de la época (una buena fuente de nutrición para sus células a pesar de no contar con un sistema circulatorio eficiente); e igualmente cobra sentido su encogimiento proporcional en conjunto con ese gas, con el paso de las eras geológicas.

Por eso solemos pensar en la prehistoria cuando visualizamos mega-fauna de dimensiones épicas recorriendo La Tierra, pero el animal más grande que haya evolucionado en nuestro punto azul no es una araña antiquísima ni algún dinosaurio colosal, sino una criatura actual. Se trata de la ballena azul: un mamífero de unos 30 metros y 150 toneladas que habita el único medio ambiente en el que podría sobrevivir tamaño cuerpo en este mundo: el océano, donde el agua hace casi todo el trabajo de soportar el peso del animal.

Considerando que son las leyes de la física las que esculpen a la vida, y éstas aplican uniformemente en todo el universo observable, no es descabellado especular con esa base sobre lo que pudiésemos encontrar allá afuera, en otros mundos poblados entre las estrellas: globos biológicos navegando en el viento intenso de algún planeta gaseoso; ecosistemas aislados por capas gruesas de hielo, sobreviviendo a partir de energía volcánica; o incluso gigantes del tamaño de ballenas, flotando como aves en una atmósfera súper densa, cantando entre las nubes.

A pesar de lo diferentes -y letales- que resultarían estas ecologías para nosotros, es bastante posible que existan similitudes significativas entre los habitantes del cosmos. No es casualidad que la inteligencia compleja no haya evolucionado en las plantas (que con posarse al sol les basta para alimentarse); o en criaturas asimétricas, con una locomoción ineficiente incapaz de transportar una gran masa cerebral. La selección natural no fue ambigua al favorecer la centralización de los sentidos y su procesamiento en la parte delantera de los animales, pues allí requerirían normalmente poner más atención y cuidado, para poder alimentarse.

Tiene sentido tener una cabeza con ojos que apunten hacia delante – si quieres fabricar herramientas; y el equivalente a oídos bilaterales – si quieres determinar de dónde vienen los sonidos. Igualmente, podríamos esperar que una especie con un gran cerebro use todo su cuerpo para soportar ese peso – como es el caso en la forma vertical humana; y cuente con extremidades libres para la manipulación de su entorno.

En palabras de Carl Sagan, “la belleza de un ser vivo no está en los átomos que lo conforman, sino en la manera en la que esos átomos se organizan”. De ser posible que nuestra forma bípeda esté evolucionariamente asociada a la consciencia, seríamos entonces un reflejo de la expresión dominante de vida inteligente en el universo, sin importar sus ingredientes – polvo de estrellas capaz de alzar la mirada hacia su origen, y entender.

Al final, el universo no fue construido para nosotros, sino todo lo contrario.

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Un comentario en “La belleza de un ser vivo

  1. Me recordó la novela “Naves de Estrellas”, de Iván Efremov – si no me equivoco – cuando encuentran los restos de un alienígena inteligente, y un profesor le describe al descubridor del especimen cuál podría ser el aspecto del mismo, dando más o menos las mismas razones que aquí aparecen…

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