El último pensamiento

A lo largo de mi vida, durante todos mis viajes y estadías, encuentros, despedidas; entre incontables errores y no menos aciertos, solo una constante se ha mantenido siempre presente. Más allá de cualquier interferencia externa, cuando elijo perderme en el laberinto de mis pensamientos, puedo oírme claramente, ponderando sobre lo que existe y lo que no en el universo. En toda la inmensidad del cosmos, solo yo gozo de acceso a los secretos de mi propia mente.

Acostumbrados como estamos a la fila interminable de ideas que producimos cada día – algunas voluntarias, algunas de origen misterioso – no es nada usual que consideremos la realidad inevitable de nuestra consciencia: que ésta no es eterna. Invariablemente, cada uno de nosotros tendrá un último pensamiento, segundos antes de expirar para siempre.  En esos instantes finales, los más privilegiados entre nosotros tendrán la oportunidad de despedirse de sus seres queridos, mientras recuerdan el brevísimo tiempo que pasaron a bordo de la nave espacial Tierra.

Es allí, confrontados con el fin del universo, que nos arrepentiremos de todo aquello que ya nunca podremos corregir. Se acabó el tiempo, y es de humanos mirar hacia atrás.

De poco sirve negarlo con arrogancia – las neuronas en la corteza orbitofrontal de nuestro cerebro se encienden de forma medible ante la presencia de arrepentimiento, delatando al individuo que reconoce que cometió un error, y que las cosas pudieron ser mejores si tan solo hubiera elegido otra opción. Lejos de ser inseguros y deficientes, son los que admiten sus propias fallas los más capacitados para aprender de éstas, y así evitar cometerlas nuevamente en el futuro. Es una ventaja evolutiva: solo arrepintiéndonos conscientemente de lo que nos llevó al fracaso podemos finalmente alcanzar el éxito.

Optogenetic_Laser_Rat4Sorprendentemente, los humanos no estamos solos en la posesión de esta habilidad cognitiva. Un experimento neurocientífico en la Universidad de Minnesota reportó haber logrado medir “arrepentimiento” en ratones de laboratorio – activado en la misma zona del cerebro que en los humanos – cuando los pequeños animales elegían la comida incorrecta, por no haber querido esperar el tiempo necesario para recibir su favorita. Con todas sus limitaciones, los roedores se dieron cuenta de su error.

El conocimiento, indudablemente, es la clave de todo el proceso, pues no podríamos arrepentirnos de la opción tomada y si no supiéramos que existían otras alternativas. Más aún en el caso de los humanos, donde los poderes de la ciencia son capaces de extender enormemente el alcance de nuestras acciones. Mientras más entendemos, más inescapable es el ansia (aunque sea momentánea) de volver atrás, y cambiar lo que percibimos como errores sustanciales. De esto no hay mejor ejemplo que las palabras de Richard Feynman, luego de su participación en la construcción de la primera bomba nuclear:

feynman (1)“Recuerdo estar con mi madre en un restaurante en Nueva York, inmediatamente después de la explosión en Hiroshima, y pensar en Nueva York. Yo sabía qué tan grande era la bomba, qué área cubría y todo el asunto, y me di cuenta de que si se soltara en la calle 34 se extendería hasta donde estábamos, y mataría a todas las personas, y destruiría todas las cosas. Y no había solo una bomba disponible, pues fácilmente se podía hacer más, y por tanto todo estaba condenado. Sería usada nuevamente muy pronto.”

Afortunadamente, la profecía de Feynman no se hizo realidad durante su generación, y ahora somos nosotros los custodios del poder inmenso que nos otorga la ciencia. A través de esta última, tratamos también de estudiarnos a nivel neuronal y psicológico, para comprender la clase de procesos que nos han llevado a cometer los errores del pasado.

Lo valioso de arrepentirse no es esa ilusión inútil de volver atrás, sino que ese aprendizaje pueda informar nuestras acciones futuras para bien.

De nada sirve, si permitimos que sea el último pensamiento.

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5 comentarios en “El último pensamiento

  1. Innumerables personas te han dicho que tus escritos son muy interesantes y atrapantes:.¡Y es porque así lo es! El título es bastante desafiante y cuestionable desde una perspectiva filosófica. Recuerdo haber leído el Discurso del Método, de René Descartes. Es un libro muy complejo y debo confesar que tendría que releerlo para tener una idea más acabada de él. En uno de sus apartados, habla acerca de la existencia del alma “humana”-adjetivo prescindible para René ya que él piensa que los demás animales no poseen una- la cual es una idea bastante seductora. Suponiendo que después de la muerte, el alma es capaz de perpetuar su existencia, podríamos pensar para siempre, siendo ésta una idea bastante perturbadora y atormentadora. Alma y pensamiento: dos entidades inherentes. Sólo estoy tomando la postura de un gran filósofo, la cual me parece que viene al caso, para ampliar el tema.

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    • ¡Muchas gracias por el comentario! Es un placer que los escritos sean apreciados de la forma que mencionas. En lo referente al tema filosófico; en efecto, René Descartes es conocido por haber defendido la dualidad cuerpo-alma en sus ensayos, entre muchos otros aportes significativos a las ciencias y filosofía de su época (El Discurso del Método aún es lectura obligatoria en la facultad de ingeniería en la que estudié). No obstante, el tema de esta dualidad es uno en el que su postura no ha logrado sobrevivir a los avances posteriores.

      El problema principal con la noción de la dualidad cuerpo-alma fue notado incluso en el mismo siglo 17, cuando la princesa Elizabeth de Bohemia (en sí una persona muy estudiada en estos temas) escribió una carta a Descartes preguntando: “¿Cómo logra el alma que el cuerpo se mueva?”. Quizá no parece tan complejo a primera vista, pero mientras más sabemos del cuerpo y sus elementos constituyentes, más complicada se vuelve de responder esa interrogante.

      En términos simples, si existe un alma, y es ésta la que toma la decisión de alzar un brazo, ¿cómo llegan esas instrucciones al cerebro, y luego al brazo que efectivamente se alza?

      En aquel momento tan solo parecía un problema difícil de responder, y el mismo Descartes admitió en una carta subsecuente que era el cuestionamiento más legítimo que habían hecho a su postulado. Prometió inmediatamente atacar el tema, pero nunca alcanzó una respuesta satisfactoria. 4 siglos después, sabemos por qué no pudo: la dualidad alma-cuerpo es falsa. Filósofos y científicos actuales están de acuerdo mayoritariamente en que el cerebro es el generador total de nuestra consciencia, y que sus átomos no reciben instrucciones de ninguna fuente externa para la toma de decisiones. El objeto de estudio ya no es de dónde viene la mente, sino cómo exactamente el cerebro la genera.

      “La mente es lo que el cerebro hace” dejó de ser cuestionable hace ya un buen tiempo; al igual que la veracidad científica del “último pensamiento”.

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