La muerte del éter

2009_pontypool_005Como es bien conocido por los que nos consideramos fanáticos de la ciencia ficción, en el espacio, nadie puede oírte gritar. El sonido del silencio absoluto que reina en el vacío es un recurso que los cineastas han usado con gran efectividad por un buen tiempo, estableciendo a la perfección el ambiente extraño y hostil al que se enfrentan los humanos en sus incursiones cósmicas. Nos resulta universalmente terrorífica esta impotencia verbal, aunque reconozcamos que la ausencia de un medio para transmitir nuestras vocalizaciones sería el menor de nuestros problemas al encontrarnos desprovistos del aire que respiramos, también responsable de mantener nuestros fluidos y órganos en su sitio.

Sin duda, si alguna vez nos encontrásemos en esta situación, lo mejor sería no desperdiciar aire gritando, mientras tratamos de restaurar la atmósfera artificial.

Sound_Waves_by_residualvisualsMás allá de la tensión maravillosa que brinda a los escenarios ficticios, este lema clásico del terror espacial también resulta útil para recordarnos la naturaleza fundamental del sonido: es una onda que requiere un medio de propagación. Cuando hablamos, nuestras cuerdas vocales vibran con frecuencias específicas, que se transmiten posteriormente a las moléculas de aire a nuestro alrededor, a modo de reacción en cadena. Estos picos y valles en el movimiento del gas atmosférico son luego captados por los huesos en los oídos de nuestros interlocutores, y transmitidos a sus cerebros para la reconstrucción de la idea. El “sonido” –como lo entendemos coloquialmente– solo existe en el cerebro de los que lo emiten o escuchan. Su forma real es la vibración en las partículas de aire.

Visualizar todo ruido como una onda tridimensional que se expande a través de un medio es clave para comprender su comportamiento, pues solo una onda puede alcanzar muchos puntos simultáneamente, en cualquier dirección –como podemos observar fácilmente cuando lanzamos una roca en un estanque.

Para los físicos del siglo 17 al 19, era evidente que la luz debía tratarse también de una onda, ya que el brillo de una fogata baña a todos por igual en una habitación, sin importar donde se encuentren. El problema venía dado al intentar explicar cómo la luz del Sol y las estrellas alcanzaban nuestro mundo. Aquí en La Tierra estaba el aire para transmitir las vibraciones pero, ¿qué medio podía servir de vehículo para las ondas de luz en el espacio?aether_string_theory___print_by_marshmallowgherkin-d31oey1

Para el astrónomo Christian Huygens, esta sustancia se llamaba “éter”, y lo permeaba todo en el universo.

Por supuesto, el éter –aunque aceptado como una hipótesis muy probable– no podía ser como cualquier material. Para permitir el traslado de la onda electromagnética propuesta por Maxwell, debía ser más denso que el acero, pero al mismo tiempo carecer de masa y viscosidad, para no obstruir el paso de los planetas. También debía ser perfectamente transparente, y mantenerse completamente estático y uniforme en todo el cosmos (para explicar que la velocidad de la luz fuera siempre constante, como revelaban las mediciones).

A95aAlbertEinstein1Para finales del siglo 19, el éter parecía cada vez más mágico en sus características, como un cuadrado que simplemente no encajaba en la forma circular que nos sugería el universo. Eventualmente, Albert Einstein alcanzaría la respuesta, y revolucionaría el mundo de la física para siempre: la luz es una partícula que se comporta como una onda auto-sostenida en el campo electromagnético; no requiere medio para viajar por el vacío.

Albert iría más allá, al sugerir que la velocidad de la luz era constante no por las propiedades exóticas del supuesto “éter”, sino porque era una constante inalterable del cosmos. El tiempo y el espacio mismos se contraían y expandían para garantizar que esa velocidad se mantuviera igual, sin importar el marco de referencia.

Para el siglo 20, el éter había muerto –derrotado por la relatividad especial y el descubrimiento de los fotones. En su lugar, nos dejaba la más importante de las lecciones: el proceso de la ciencia es único en su capacidad de autocorregirse ante la nueva información, aún en contra de nociones con siglos de antigüedad y aceptación. Esta plasticidad es la que lo convierte en una herramienta tan poderosa para aproximarnos a las verdades últimas del cosmos, siempre en la frontera entre lo conocido y aquello por descubrir.

Esto es también, por supuesto, lo que otorga confiabilidad a sus afirmaciones. Los conocimientos encuentran validez ante la acumulación de intentos fallidos por refutarlos, y la ausencia continua de mejores explicaciones para los fenómenos que observamos.

En palabras de Carl Sagan, la única verdad sagrada en la ciencia es que no hay verdades sagradas, y así como el éter, muchas otras hipótesis han sido descartadas para producir la comprensión sólida de la que gozamos hoy.

Tal es la belleza del pensamiento científico, siempre autocrítico, al servicio de la evidencia.

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