Tocando el firmamento

lava Pahoeoe_fountain_edit2Decídete a salir un día tranquilo a un paseo por el parque, y además de respirar profundo, relajarte, y alejarte medianamente del yugo constante de las redes sociales, procede a recoger cualquier piedra que encuentres en el camino. Dependiendo de donde vivas, no es demasiado arriesgado estimar que la edad de la roca que sostienes en tus manos está entre las decenas de miles de años –tu típico sedimento del período cuaternario actual– o que alcanza los cientos de millones de años, si tu búsqueda es informada y tu mirada hábil. También es posible que encuentres rocas de formación aún más reciente, si acaso el parque por el que has decidido pasear está en las cercanías de un volcán activo. En ese caso, el hallazgo podría ser más joven que tú, recién salido de las entrañas del planeta. Más joven que eso, y deberías alejarte del río de lava incandescente.

Lo que difícilmente encontrarás en la mayor parte de la superficie terrestre son rocas que excedan los mil millones de años desde su formación, debido en parte al proceso que nos permite hallar rocas nuevas: el volcanismo. A medida que nuevos sedimentos son expulsados hacia la superficie por la presión del calor interno del planeta, las formaciones rocosas anteriores van quedando enterradas, y  eventualmente son forzadas por la gravedad a regresar al manto crater World_USA_Meteor_Crater___Near_Winslow___Arizona___USA_008904_y fundirse de nuevo. Es por eso que la Luna se muestra llena de cráteres, mientras en La Tierra son relativamente pocos los que podemos ubicar, a pesar de que ambos cuerpos han sido igualmente bombardeados durante su historia. Adicionalmente, la atmósfera, las placas tectónicas, los ecosistemas, y otros procesos típicos de nuestro planeta, colaboran para erosionar progresivamente las rocas más antiguas, asegurando que la superficie se recicle con frecuencia, y el pasado profundo se pierda entre las grietas.

Aún con todo esto trabajando en contra, los geólogos han podido examinar rocas terrestres que datan de 3 mil y hasta 4 mil millones de años de antigüedad, aproximadamente lo mismo que las rocas traídas de la luna por los astronautas de las misiones Apolo, e igualmente lo que puede estimarse de los meteoritos que ocasionalmente encontramos en el planeta. Tal concordancia es un indicativo muy fuerte de que ésta es la edad real no solo de La Tierra, sino de todo el sistema solar.

Dado que son este tipo de muestras las que nos cuentan el detalle de la formación de nuestro mundo, y posiblemente del origen de la vida, es desafortunado que tan pocas estén disponibles y al alcance. Especialmente cuando el universo insiste en mostrarnos que esta evidencia existe en la forma de cometas, que anuncian brillando a través del cielo lo lejos que están de poder ser estudiados.

Hasta ahora.

Philae primera foto en cometaLa burla celestial finalizó con el increíble aterrizaje del módulo Philae sobre el cometa 67P, desplegado por la sonda Rosetta de la Agencia Espacial Europea. Luego de casi 3 décadas de planeación y 10 años de viaje (¡no existían el Iphone o Facebook cuando Rosetta despegó de La Tierra!), más de 6 mil millones de kilómetros recorridos y 4 impulsos gravitacionales en 2 planetas, la nave alcanzó su objetivo volando por el espacio a 18 kilómetros por segundo. Pasados 3 meses de órbita precaria –la gravedad del cometa es 0.01% de la terrestre– se separó el módulo que finalmente estudiaría la superficie. Así, en una ocasión histórica, se colocó un kit de geología remoto en un objeto de más de 4,600 millones de años de antigüedad, totalmente inalterado por los mecanismos más destructivos de la naturaleza.

Con su ayuda, avanzaremos en la comprensión de los materiales exactos que estaban presentes durante los primeros momentos de La Tierra, y los ingredientes químicos que la enriquecieron para dar como resultado el planeta rebosante de vida que conocemos ahora. Indirectamente, estamos viendo una reliquia de nuestro pasado más remoto.

philae First_touchdown_node_full_image_2Claro que el proceso no es fácil, ni siquiera una vez alcanzado el cometa. Debido a su poquísima gravedad, que apenas lo mantiene unido más como una bola de nieve sucia que como una roca sólida, el módulo Philae pesa tan solo unos 10 gramos en su superficie, y al tocar el suelo sufrió un rebote que lo elevó a más de un kilómetro de altura. Un poco después, un segundo rebote lo lanzó unos 20 metros más hacia el espacio, para luego caer probablemente en un cráter llano cerca de su objetivo inicial. El módulo debía disparar arpones para evitar estos saltos, pero una falla en el sistema no le permitió usarlos, causando estas dificultades. La buena nueva es que está estable y plenamente operativo en su lugar de reposo, aunque cayó de lado, y en una zona cuyas sombras ponen un poco en duda qué tan bien funcionarán sus paneles solares.

Aún así, las primeras imágenes que nos envía son preciosas, y sus implicaciones monumentales. El ser humano da otro paso hacia las estrellas, al demostrar que podemos colocar una nave virtualmente donde queramos dentro del sistema solar, en condiciones que eran absolutamente impensables para nuestros ancestros. Desde Galileo, Newton, Einstein, los científicos de la ESA que ahora trabajan en el proyecto –pasando por todos los que admiramos, entendemos y apreciamos esta clase de logro– la especie humana entera se eleva por sobre nuestro origen humilde para tocar nuevamente el firmamento.

Podemos hacer lo que nos propongamos, en el cielo y en La Tierra.

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