Los errores del pasado

geocentrismo escapeAunque estoy consciente de que Aristóteles estaba mayormente equivocado en su apreciación sobre el funcionamiento natural, parte de mi no puede evitar sentir cierta simpatía por las conclusiones que postulaba tan insistentemente. Si bien eran algo primitivas, éstas al menos trataban de encontrar explicaciones coherentes al misterio del universo que observamos. Ciertamente La Tierra no es el centro inamovible del universo –como él tanto afirmaba– ni es el único mundo que flota elegantemente entre las estrellas. Al final no existía la “quintaesencia” que propuso entre los astros, ni son fundamentalmente diferentes los componentes de los cielos y los de nuestro mundo. Los planetas y las lunas definitivamente no están adheridas a un conjunto de esferas cristalinas, ni conforman un universo perfectamente ordenado para la existencia del humano.

Sin duda, en muchos aspectos estaba adelantado a su época (sus propuestas eran al menos más elaboradas que “los caprichos de los dioses del Olimpo”), pero es fácil reconocer en la actualidad que su visión sufría de gran inocencia metodológica. En efecto, tan solo aplicando un poco de observación podría haber notado que las mujeres no tienen menos dientes que los hombres –como declaró en su obra “Historia de los Animales”– o que los objetos caen a la misma velocidad sin importar su peso, como sería demostrado milenios después por Galileo en un simple experimento.

vela (2)Como habrán notado, el problema de fondo con la filosofía de Aristóteles no era específicamente sus generación de hipótesis erróneas, sino su negativa a considerar que el universo pudiese no funcionar como él consideraba “lógico”. Para el filósofo, el comportamiento de la naturaleza no era consecuencia de mecanismos internos en operación continua, sino un camino inescapable hacia el logro de un Principio Mayor. Visto así, podríamos decir que el fuego no se dirige hacia arriba debido a la pequeña diferencia de presión atmosférica que lo afecta, sino porque la llama quiere alejarse de La Tierra. Igualmente, los objetos no detendrían su movimiento debido a la fricción con el aire y el terreno, ni caerían porque son atraídos por la gravedad del planeta, sino porque estos desean volver a su estado natural: el reposo sobre la superficie.

Se trataba de un argumento “teleológico”: los eventos no son resultado de una condición inicial, sino que suceden para alcanzar un estado último perfecto. Por supuesto, si somos atentos, podemos notar de inmediato la necesidad implícita en este razonamiento: un universo con un propósito final (como lo sería la existencia humana) requiere obligatoriamente de un diseñador; el motor primario de todo el movimiento del cosmos, que no sería “natural” en su ausencia.

sistema solar (3)En ningún sentido me cuesta entender la postura de Aristóteles. Después de todo, en nuestra experiencia las cosas efectivamente se detienen si nada las empuja, y el cielo sí da la impresión de estar girando en torno a nuestras cabezas. Son ilusiones poderosas, que requerían del advenimiento de la ciencia moderna para ser desmontadas. Tendrían que aparecer Copérnico, Galileo, Kepler y Newton en nuestra historia, para descubrir progresivamente que La Tierra no es el centro del universo, que las órbitas de los planetas pueden explicarse matemáticamente, y que los cuerpos se mantienen en movimiento constante a menos que una fuerza externa actúe sobre ellos. Debido a la inercia, en el universo nada nunca se detiene.

A pesar de todo el avance en nuestro conocimiento –incluso desde la época de Newton– el argumento teleológico aún encuentra refugio seguro en la visión religiosa de nuestro mundo. Para sus defensores, aunque Aristóteles se haya equivocado en su planteamiento (los eventos sí son consecuencia de sus condiciones iniciales) no está descartado que el universo haya sido configurado deliberadamente para un meta final, como la producción de vida, y de los seres humanos. Tal hazaña no sería imposible para un “dios”, y dada la complejidad del universo en el que vivimos, la hipótesis de que una inteligencia esté detrás de la creación es plenamente válida, incluso sin libros sagrados de por medio.

Hubble_Extreme_Deep_Field_(full_resolution)Más allá de la opción que nos haga sentir mejor (como ateos o creyentes), es importante reconocer que lo único verdaderamente útil en este debate es el análisis honesto de las características que el universo nos revela a través de telescopios y aceleradores de partículas. Sin duda, de existir un creador consciente, estas propiedades observables serían su firma más personal, y nos ayudarían a dilucidar algo sobre su pensamiento. Por otra parte, también podríamos hallar que la intención no es evidente en el comportamiento de la naturaleza, y que más bien son patrones ciegos ininterrumpidos los que determinan nuestra realidad.

Desde el big bang que representa el primer instante de nuestra línea de tiempo, pasando por la formación de las galaxias, las estrellas y los mundos, la evolución de las diferentes formas de vida y la posterior cultura humana, debemos preguntarnos, ¿cómo nos ayuda la hipótesis del creador consciente a hacer sentido de lo que vemos en nuestros experimentos? ¿Qué explicación ofrece para el estado actual del universo y de la vida? ¿Qué esperaríamos ver en nuestras religiones, si alguna describiera la voluntad real del autor de lo que existe?

Todas estas interrogantes y más traté de responder durante mi ponencia en el 2do Congreso Mexicano de Ateísmo, a finales del año pasado. Aunque lo cierto es que razones no me faltan para ser ateo, al final poco valen si no somos capaces de ver más allá de la cultura, y evaluar la probabilidad de un creador desde un punto de vista riguroso, filosófico y científico.

Aquí les dejo mi exposición sobre el tema, gigantes, donde expliqué por qué considero correcta la visión naturalista del universo, en la que todo lo que existe es resultado de procesos ciegos (no azarosos), y no de un diseñador celestial. Aunque para Aristóteles tuviese sentido, estoy convencido de que es hora de dejar ir los errores del pasado.

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