El aliento vital

Luego de una cena deliciosa y satisfactoria, con el estómago lleno y la pereza comenzando a invadir inevitablemente a los presentes, se produce con frecuencia un intercambio silencioso de miradas. Todos los saben, aunque nadie quiera admitirlo: alguien va a tener que lavar los platos, vasos, ollas y cubiertos que fueron necesarios para el disfrute del banquete. El primero en retirarse será sin duda quien haya cocinado, considerando su aporte más que suficiente en esta situación tan tensa. Quien haya limpiado en la ocasión anterior será el segundo en levantarse con aspecto triunfal de la mesa. Eventualmente, solo dos permanecen sentados, esperando que la otra persona se ofrezca inexplicablemente a realizar la tarea.

Cosas más extrañas han pasado.

platos suciosSin embargo, ante el desacuerdo, la hora, el sueño y la necesidad de levantarse temprano, el resultado unánime es que los trastos tendrán que esperar hasta mañana para ser lavados. Parece un plan sólido, pero mañana los implicados llegarán tarde, y al día siguiente cansados. La velada próxima resultará ser noche de pizza, y el viernes la salida se alargará hasta el amanecer. Para cuando alguien decide finalmente entrar en la cocina, el proceso está completo. De la materia inanimada, como por arte de magia, ha emergido la vida en una multitud de formas y olores, consumiendo rabiosamente los restos en descomposición.

Aunque el escenario descrito sea moderno, lo cierto es que el producto de esta negligencia sanitaria no era un secreto para nuestros ancestros remotos, y desde los tiempos de la Grecia Antigua los humanos nos hemos preguntado el origen de las criaturas que parecen surgir de la nada para molestarnos. Filósofos como Anaximandro –y posteriormente Aristóteles– afirmaban que existía una explicación sencilla para la aparición de los gusanos en la carne, las termitas en la madera y los roedores en el heno: eran producidos espontáneamente a partir del aire, el agua y el calor. Según ellos, el “aliento vital” habitaba en todos los elementos, y dado suficiente tiempo, estos se combinarían en diferentes proporciones para producir las distintas formas de vida que conocemos.

Conejo en sombreroSe trató de una idea persistente en nuestra historia. Aún en épocas tan recientes como el Renacimiento, unos dos milenios después, la hipótesis de la generación espontánea se discutía como un hecho evidente de la naturaleza, respaldada inocentemente por pensadores respetables como Jan Baptiste van Helmont –a veces reconocido como el fundador de la química neumática– quien incluso llegó a publicar recetas “probadas” para la producción de ratones y escorpiones a partir de materiales diversos. Claramente, esta noción errónea no sobreviviría a la aplicación del método científico.

El primer golpe lo asestó Francisco Redi en el siglo 17, demostrando que en la carne cubierta por una tela no se generan los gusanos de nuestras pesadillas; seguido por Lazzaro Spallanzani, que extraería todo el aire de una olla con caldo hervido para probar que nada podía crecer dentro de ella. A pesar de su éxito, la creencia ancestral se negaba tercamente a morir. Quizás el aire –decían algunos– era un componente esencial de la vida, y por tanto las condiciones del experimento evitaban el surgimiento de las criaturas.

pasteurEl debate continuaría por décadas, hasta que el ingenio de Louis Pasteur le propinó el famoso golpe mortal a la doctrina obsoleta. Utilizando frascos diseñados especialmente para la faena, que permitían el contacto con el aire pero prevenían la contaminación de partículas microscópicas, el químico demostró que solo de la vida previa podían surgir nuevas criaturas. Igualmente lo expresó Charles Darwin en El Origen de las Especies, al destacar la grandeza de esta nueva visión en la que todos estamos igualmente conectados a un único ancestro primordial.

Irónicamente, aunque la evolución, la reproducción y la herencia resulten adecuadas para comprender las formas que toma la vida actual, así como el registro fósil que nos revela a las especies que alguna vez habitaron nuestro planeta, el misterio del origen definitivo de la vida sigue requiriendo una explicación inorgánica. En algún momento, hace unos 3,500 millones de años, la vida tuvo que haberse formado a partir de materia inanimada.

Investigando esta posibilidad, Stanley Miller y Harold Urey construyeron una réplica del ambiente terrestre que habría visto a la vida surgir (muy diferente al actual), y contemplaron maravillados como varios aminoácidos resultaban de las reacciones químicas naturales. Aún así, sería un error pensar que comprendemos todo el proceso. Después de todo, la base de la vida es la célula, y las instrucciones genéticas que reposan en su núcleo; ambas representando una máquina molecular exquisitamente compleja incluso en su forma más básica. Todo tiene una función definida dentro de una célula moderna, desde la producción de energía en la mitocondria, la lectura y transcripción del ADN, la manufactura de proteínas específicas y la protección contra agentes externos. Comprender cómo estas estructuras pudieron formarse gradualmente, en una especie de “evolución pre-biológica”, es uno de los mayores retos intelectuales de nuestro tiempo.

sol-planta-e1422645393400Dicho esto, tal vez la clave de la vida sea más simple de lo que parece; una consecuencia inevitable de la tendencia universal a la producción de complejidad: el aumento de la entropía. Según un estudio provocador sobre el tema, el cosmos “selecciona naturalmente” estructuras en función de qué tan eficientes sean disipando energía, produciendo química cada vez más compleja siempre que haya una fuente energética disponible (como el Sol) y un medio hacia el cual irradiar los residuos. De ser así, el origen de la vida no sería más sorpresivo que la caída al suelo de un objeto, dada la fuerza de gravedad.

Sea cual sea la respuesta, lo que está claro es que la vida encuentra el camino. Es por eso que en éste, y seguramente en muchos otros mundos allá afuera, es imperativo lavar los platos, o perderlos.

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2 comentarios en “El aliento vital

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