Lo que nunca imaginamos

Jupiter_logo_tipo_del_navegador_Australis_LionVisto con la perspectiva que tendrías desde las preciosas nubes naranja del planeta Júpiter, el Sol luce bastante más pequeño e insípido. Sigue siendo la estrella majestuosa y brillante que ilumina nuestros días en La Tierra, pero para unos hipotéticos “jovianos” (habitantes de Júpiter), flotando en las capas más tranquilas de su atmósfera superior, la estrella reina de nuestro sistema solar se apreciaría con apenas un cuarto del tamaño al que estamos acostumbrados los humanos, y un brillo hasta 27 veces menor. Si decidiéramos ignorar el buen juicio, invertir nuestra mirada, y desafiar abiertamente la inmensa radiación y presión atmosférica del planeta, notariamos un cielo ligeramente azulado a nuestro alrededor, con nubes de amoníaco y sus compuestos marrones dominando cada vez más el paisaje.

Pese a nuestros mejores esfuerzos, nunca alcanzaríamos la superficie. En Júpiter no existe una. A medida que nos adentramos más en la oscuridad impenetrable de sus regiones interiores, el hidrógeno que mayoritariamente lo compone se va condensando en pequeñas gotas, como una lluvia flotante que incrementa poco a poco su presencia, convirtiéndose gradualmente en un océano de metal líquido. A diferencia del límite claro que podemos observar entre el agua y el aire en La Tierra, en nuestra expedición no encontraríamos un punto único que podamos definir como frontera entre el líquido y el gas.

Jupiter_InteriorPor supuesto, solo la imaginación nos ha permitido llegar hasta este punto. Cualquier intento real por explorar estas profundidades se enfrentaría a temperaturas de unos 8 mil grados centígrados, y el peso de 2 millones de atmósferas terrestres reposando sobre los hombros. Mucho más adentro aún –alrededor del triple de la distancia ya recorrida– las condiciones se vuelven tan extremas que nuestros modelos actuales comienzan a volverse un tanto especulativos. Sabemos que el material de hidrógeno se iría haciendo más denso, pantanoso y difícil de transitar, quizá volviéndose un núcleo sólido al superar los 30 mil grados, enterrado bajo 100 millones de atmósferas terrestres.

Está claro que nuestros jovianos hipotéticos, que admiran un sol lejano, tampoco conocen este lado oscuro de su planeta natal. Nosotros no deberíamos juzgarlos con demasiada dureza: los humanos apenas hemos descendido unos 12 kilómetros –en el pozo de Kola, en Rusia– de los casi 3 mil que nos separan del núcleo de La Tierra. Como Carl Sagan lo hizo en su libro y serie “Cosmos”, podemos imaginar estas formas de vida en Júpiter siendo parecidas a globos biológicos, capaces de sostenerse en las alturas concentrando una forma pura de hidrógeno en su interior (menos denso que la atmósfera), o calentándose con aire y energía solar para evitar su hundimiento. Alimentándose de moléculas orgánicas o ejecutando alguna forma de fotosíntesis, estos flotadores tendrían kilómetros de espesor –para atrapar más luz y nutrientes– y sus esporas recorrerían el planeta entero transportadas por el viento.

Jupiter Floaters & HuntersSon entretenidas de contemplar, pero estas serían formas de vida muy diferentes a las que conocemos en La Tierra, y eso, en parte, las hace algo improbables. Hasta donde sabemos, el agua en estado líquido es un componente esencial de cualquier interacción orgánica compleja, y su ausencia es un obstáculo real para ponderar la biología en un planeta gaseoso. Es así en nuestro propio mundo –el único sitio que conocemos donde se ha desarrollado la vida– y el principio de mediocridad nos indica que debemos presumir que somos una muestra común del universo, y no una rareza especial. La importancia del agua no debe desestimarse.

Entendido así, es posible que nuestra visita planetaria sea más solitaria de lo que imaginamos, pero no todo está perdido. Después del Sol, los objetos más prominentes que veríamos atravesando el cielo en Júpiter son las 4 lunas galileanas –así llamadas en honor a Galileo Galilei, el primero en identificarlas– cada una un pequeño mundo en sí mismo, digno de exploración. Como las doncellas y héroes secuestrados por el dios Júpiter en la antigua mitología romana, Io, Ganímedes, Calisto y Europa giran alrededor del gigante como un sistema solar en miniatura, sufriendo los embates de las fuerzas de marea que genera su terrible gravedad.

europaAnalizada de cerca, una de estas lunas es particularmente interesante para nuestros propósitos. Con una superficie blancuzca y brillante, sospechosamente desprovista de cráteres, Europa se pasea en resonancia orbital a unos 600 mil kilómetros de Júpiter. Como es el caso en nuestro planeta, el rostro de la luna parece reciclarse, con nuevas capas de hielo elevándose a partir de lo que debe ser un enorme océano interno. Antes de que la sonda Galileo hiciera el viaje que imaginamos hacia las profundidades jovianas, estudió en gran detalle esta posibilidad, encontrando placas heladas que se comportaban como las zonas polares terrestres (flotando en agua líquida), y restos de silicatos normalmente asociados a materiales orgánicos.

Debido a la radiación intensa de Júpiter, la superficie de Europa es absolutamente letal para la vida –un humano no duraría ni un día– pero de tener un océano, estaría relativamente aislado por la gruesa capa de hielo, calentado continuamente por las deformaciones gravitatorias, enriquecido con moléculas orgánicas y líquido por miles de millones de años. Definitivamente, Europa promete vida, quizá más compleja de lo que nunca imaginamos.

Por eso tanto la Agencia Espacial Europea (ESA) como la NASA estadounidense han planteado misiones exploratorias hacia este mundo helado del tamaño de nuestra luna. Aunque no está pensado aterrizar de entrada, la exploración satelital es siempre el primer paso para entender nuestro destino en la ciencia planetaria, y poder identificar sitios para futuras visitas. Representa un reto técnico (y político) sustancial, pero la mirada está clara en la meta: descender a través del hielo y nadar por primera vez en un océano extraterrestre.

Europa vidaLa vida busca vida. Es posible que nuestra aventura en Europa termine siendo tan solitaria como lo sería adentrarse en Júpiter, o Venus o Saturno –un resultado educativo, si acaso bastante decepcionante– pero si llegásemos a encontrar algo surcando esas mareas ocultas, nada volvería a ser igual. Habríamos respondido a una pregunta que nos persigue desde la prehistoria, y sobre la que hemos estado imaginando maravillados mientras observamos el cielo cada noche.

A veces pareciera una pérdida de tiempo imaginar estos viajes, pero debemos reconocer siempre que esa imaginación, en matrimonio constante con la ciencia y la razón, es la vanguardia del progreso, y la llave del universo.

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