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Perdido en algún lugar en el vacío inmenso entre las estrellas, impensablemente lejos de cualquier fuente de luz que pueda iluminar sus días y dar personalidad a sus noches, se encuentra un planeta errante completamente congelado uno que no siempre fue así. Durante miles de millones de años este oscuro mundo fue parte de un sistema solar respetable, con un Sol propio y una órbita estable y elegante alrededor de su centro. Contaba en ese entonces con mañanas y tardes y medias noches, amaneceres preciosos y atardeceres románticos, y patrones regulares que daban estabilidad a sus ciclos internos. Definitivamente, esos eran los buenos tiempos. La energía que recibía de su estrella, aunque a veces excesiva y otras veces escasa, era en general la necesaria para la persistencia de agua líquida en su superficie, dado el efecto invernadero fortuito de su atmósfera y la eficacia de su protección magnética. Así, por providencia química y rebeldía entrópica, la vida se abrió paso poco a poco a través de sus océanos profundos y sus continentes contingentes, desde el abismo marino más escondido hasta la cima inalcanzable de la montaña más alta. Solo tomó un instante, en la escala cósmica, para que el carbono se combinara y mezclara de mil maneras diferentes con el hidrógeno y el oxígeno y el nitrógeno. Así mismo el azufre, el fósforo y el hierro fueron ingredientes de esta sopa orgánica primigenia, sumado a una pizca de esto o aquello que estaba también disponible, flotando en los alrededores. El resultado fueron estructuras moleculares capaces de replicarse y mantenerse, consumiendo energía del entorno y modificando la química del planeta, generando cambios geológicos y atmosféricos muy importantes con el paso de los eones. Este pequeño mundo fue cambiando y evolucionando, al igual que sus habitantes diminutos, y estos eventualmente llegaron a ocupar cada rincón del mismo, en competencia constante por recursos limitados.

Algunas de estas formas de vida se dieron cuenta, con el tiempo, de que habían surgido en un planeta más entre millones y millones que surcaban el firmamento, y notaron que cada estrella era un Sol como el suyo, con otros mundos alrededor, tal vez con sus propias historias y dramas biológicos. No podían saberlo con certeza, pero muchos especularon sobre esas otras mentes que tal vez compartían con ellos el espacio infinito, en ocasiones temerosos de esa oscuridad, en otras esperanzados sobre la posibilidad de algún día explorarla y descubrir lo que había más allá. Los habitantes de este mundo, a todas luces insignificantes en la gran narrativa universal, por algún motivo se sentían particularmente especiales e importantes, con una imagen bastante inflada de sí mismos. Vaya, siendo generosos en nuestro análisis, podemos decir que tenían algo de razón al asignarse cierto protagonismo, aunque en retrospectiva nos queda claro que fue exagerado e indudablemente breve. Después de todo, no es demasiado común que las formas de vida noten la realidad del universo en el que existen, investigando la totalidad de su historia y descubriendo sus variables y constantes y leyes más profundas. No demasiado común, pero tampoco podríamos decir que es “único”. No es un logro alcanzado solo en este mundo en particular. La contradicción es mayormente cierta en casi cualquier escala: no estamos solos en el universo, aunque todos creamos estar solos en el universo. 

Como notamos inicialmente, este planeta tan interesante ahora flota en el vacío interestelar, expulsado de su sistema solar, dando significado físico a los términos “helado” y “oscuro”. ¿Cómo sucede que un mundo pueda perderse por sí solo en la eternidad galáctica, como una cría que se aleja inocentemente de sus padres? No los quiero asustar, pero hay muchas posibles razones para que algo así pueda suceder. Tal vez su Sol se cansó de la fusión nuclear que lo mantenía brillando y, falto de combustible, terminó estallando con un hartazgo del tamaño de una supernova. O quizás se fue apagando gradualmente, dejando ir sus capas una tras otra hacia el espacio, y con ellas se fue debilitando su abrazo gravitatorio. Cada planeta buscó entonces su propio camino, sintiéndose abandonado. Posiblemente algo aún más dramático pudo haber sucedido, como un intento de secuestro interestelar por parte de otra estrella que se acercó más de la cuenta, y terminó arrebatándole algunos mundos al astro original. Aunque muy poco probables, estas interacciones suceden de vez en cuando, y no es imposible que mundos enteros salgan disparados hacia el océano cósmico, sin contar con salvavidas. Cualquiera haya sido la causa de esta navegación sin rumbo, me pregunto qué habrá pasado con esos pequeñísimos habitantes, especiales solo a sus ojos pero trascendentales en su conocimiento, que antaño moraban en estos espacios petrificados.

Si algo sabemos sobre la vida, en casi cualquier mundo en el que se le encuentre, es que es curiosa y persistente; al menos, la que logra sobrevivir por más de un insignificante millón de años en su respectivo hogar. Y si estos seres ya conocían en algo su propio mundo y sus dinámicas internas, posiblemente habían notado ya que la única otra fuente de calor y energía disponible, desprovistos de una estrella, era el núcleo incandescente de su propio planeta. Es muy probable que, en la medida que la estrella que los vio nacer y los nutrió durante toda su historia comenzó a apreciarse cada vez más distante en su cielo, los sobrevivientes recurrieran a adentrarse en las profundidades, formando nuevas sociedades en las cavernas más recónditas e inaccesibles, o en el lecho marino, lejos del frío creciente de la superficie. Allí, arropados por los volcanes y las fosas geotérmicas, descubrirían que sus poblaciones previas ya no eran sostenibles en esta nueva realidad que les tocó afrontar, reduciendo sus números, alterando sus costumbres, persistiendo solo por la gracia de su intelecto y su tenacidad, contra cualquier pronóstico sensato. Luego de milenios viviendo de esta forma, podemos imaginar que terminaran incluso olvidando el mundo que una vez disfrutaron, los cielos abiertos, el viento natural y las noches estrelladas que revelaban un universo mayor. En alguna expedición a la superficie abandonada, tal vez sentirían terror ante el mausoleo macabro de estatuas congeladas, esas formas de vida que no tuvieron la oportunidad o el conocimiento para adaptarse.

Estamos especulando, por supuesto. Dada nuestra observación actual, no hay evidencia de que exista alguna forma de vida activa en este planeta errante, ni siquiera en su interior. 

La tragedia definitiva de este escenario que nos planteamos es que, inevitablemente, incluso el centro del planeta terminaría enfriándose más allá de toda utilidad, durante este viaje sin final por las avenidas del cosmos. Con el paso del tiempo, el silencio se iría apoderando victorioso de cada uno de sus refugios, si es que llegaron a existir, y uno a uno se irían apagando y colapsando ante la presión intensa del material circundante. La última de estas pequeñas criaturas sin duda debió hacerse muchas preguntas sobre el pasado remoto y la naturaleza de la existencia, cuestionando si de verdad eran tan especiales como por tantísimo tiempo quisieron creer. La oscuridad y el olvido son su respuesta. Espero que no se haya angustiado demasiado en sus últimos momentos; a todas las luces les llega, tarde o temprano, su final en este universo.

Dando un vuelco a esta historia, también es posible que esté siendo innecesariamente pesimista al considerar todas las opciones, y que estos valientes habitantes hayan logrado de alguna manera salvarse de este destino tan cruel. Tal vez emigraron hacia otro mundo en el que ahora son felices y conscientes, agradecidos por la oportunidad renovada de continuar existiendo por un instante cósmico adicional. Difícil saberlo, pero son tantas las historias posibles en los incontables mundos de ésta y otras galaxias, que un cierto sentido de humildad intelectual me sugiere que cada escenario que podamos concebir se ha manifestado de alguna forma en el universo. Todas las posibles desgracias y alegrías, escapes y condenas, hechas realidad en algún punto del laberinto eterno del espaciotiempo. 

Un prospecto inquietante, pero muy real, que admito me quita el sueño ocasionalmente.

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