Amnesia infantillectura de 4 minutos

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Aunque aceptada como un hecho científico comprobado en la actualidad (por la inmensa mayoría de la población educada en el tema, al menos), es fácil ver cómo la evolución de la especie humana a partir de formas de vida menos complejas resultó polémica cuando Charles Darwin la insinuó en su gran obra “El Origen de las Especies”, en el año 1859 (la que es mi elección personal del libro más importante que se haya escrito). A primera vista, parecemos tan diferentes del resto de los animales, tan capaces ante el poco entendimiento que demuestran sobre el universo que los rodea. Por supuesto, un análisis más profundo termina encontrando más similitudes que diferencias, tanto en el nivel anatómicamente observable como en nuestra carga genética compartida, la demostración más palpable de nuestra herencia común.

Parte de la dificultad que hubo para aceptar este hecho puede explicarse por los pocos registros que tenemos del pasado remoto de nuestra especie. La evidencia fósil sugiere que humanos como nosotros caminaban sobre el planeta hace ya 200 mil años – pero la escritura que nos permite rastrear la historia de la especie (efectivamente la línea que separa la historia de la prehistoria) fue inventada recientemente: hace no más de unos 10 mil años. Efectivamente, tenemos muy mala memoria sobre la mayor parte de nuestro tiempo en La Tierra, todavía menos de las especies que nos precedieron en la cadena evolutiva, cuyos pensamientos eran sin duda mucho menos complejos. Figurativamente, somos como un adulto que lucha por recordar los eventos de su infancia, no solo perdida en la niebla del pasado, sino víctima de un cerebro aún no totalmente formado, incapaz de retener el detalle de los sucesos a largo plazo.

Quizá este ejemplo -el del paso de la niñez a la adultez- sea la representación más pertinente de la evolución accidentada del homo sapiens; una explicación de por qué “olvidamos” que éramos animales, y por tanto tiempo nos creímos algo más. Con muy pocas excepciones, los seres humanos no tenemos memorias secuenciales organizadas de los eventos que ocurrieron en nuestra infancia, más allá de “fotografías” (imágenes, sonidos, etc.) que asociamos a situaciones específicas. Es un fenómeno psicológico conocido como “amnesia infantil” que viene dado por una estructura neurológica aún incompleta -específicamente en el sistema límbico. De la misma forma, podemos imaginar los cerebros de los humanos primitivos siendo mucho más silenciosos que nuestras mentes actuales, generando muy pocas ideas, razonando muy lentamente sobre sus alrededores – a medida que se sucedían las generaciones.

Eventualmente, llegó un punto en el que nuestro cerebro era tan avanzado que ya no parecíamos ser animales e, irónicamente, nadie había sido suficientemente inteligente hasta el momento como para hacer un registro de la transición. Hoy, gracias a la ciencia, hemos reconstruido nuestra identidad genética -efectivamente recuperando nuestra historia- y tomado nuestro lugar como una hoja más en el majestuoso árbol de la vida terrestre. Y la evolución continúa.

Aunque es popular afirmar lo contrario, los estudios genéticos poblacionales demuestran que el ser humano actual está acumulando potencial evolutivo como pocas veces durante su historia. Donde es cierto que hemos minimizado el efecto de muchas de las presiones típicas de la selección natural (como los depredadores, las enfermedades y la escasez de recursos), debemos tomar también en cuenta que somos el mamífero más exitoso sobre el planeta, con más de 7 mil millones de cadenas genéticas para escoger, cada una con su set de mutaciones inimitables. Nuestra diversidad genética ha explotado en los últimos 5 mil años – una variabilidad que representa la base de la evolución de las especies.

Lo que el futuro nos depare dependerá en buena medida de nuestras ambiciones. Como hemos podido recordar, somos simios africanos; una manifestación consciente del proceso evolutivo terrestre, y del universo que habitamos. Es una verdadera maravilla de la naturaleza que hayamos sido capaces de reconocer esta verdad. El resto está en nuestras manos.

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Sin comentarios
  1. Argenis Josè Gimènez dice

    ¡Podemos ser Dios nosotros mismos los humanos!

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